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lunes, diciembre 29, 2025

La tejedora de Silencios



​El pueblo de Piedras Secas no se llamaba así por falta de agua, sino por el estruendo constante de sus discusiones en las consabidas meriendas en la era alrededor de la fuente que pasaba por una delicada época de sequía. Así es que desde que la "Fuente del Origen" había empezado a protestar en lugar de cantar, las palabras se habían vuelto punzantes, los argumentos afilados y cada día era una nueva batalla verbal por nimiedades. Nadie recordaba ya cuándo había sido la última vez que habían compartido un almuerzo o una merienda en paz. 
​Un día, llegó al pueblo una anciana llamada Elara, con una rueca de madera pulida y unos ojos que parecían haber visto la quietud de mil estrellas y sus noches. No hablaba mucho. Se sentó en la plaza, bajo el árbol más viejo, y empezó a tejer. Pero no tejía lana o hilo; Elara tejía silencios. 
​Al principio, nadie notó los silencios tejidos por Elara. La gente seguía gritando en el mercado, los niños discutiendo en los callejones. Pero Elara seguía moviendo sus dedos con una lentitud casi ritual, extrayendo de la nada hilos invisibles que parecían absorber el sonido. 
​La primera en notarlo fue una niña, Maya, que jugaba cerca de la anciana. Su hermano le había quitado su muñeca y ella estaba a punto de soltar un berrinche monumental. Pero al abrir la boca, algo la detuvo. No era que no tuviera ganas de gritar, sino que el sonido de su propio enfado parecía disolverse antes de salir al escuchar el suave zumbido de la rueca de Elara y, por primera vez en mucho tiempo, escuchó también el aleteo de una mariposa. Soltó la muñeca y, en lugar de gritar, se quedó mirando a la anciana. 
​Poco a poco, el tejido de Elara se fue extendiendo. Las voces de los vecinos no se apagaron del todo, pero perdieron su aspereza. Los gritos se convirtieron en tonos más bajos, las interrupciones en pausas reflexivas. En el mercado, cuando alguien elevaba la voz, el silencio tejido por Elara lo envolvía, obligando a una pausa. En esa pausa, a menudo, la gente recordaba la amabilidad, la conexión. Se escuchaban a sí mismos, y el eco de su propio enfado resonaba en el vacío, haciéndoles sentir incómodos. 
​Una tarde, el alcalde, un hombre de voz atronadora, se acercó a Elara y sin llamarla por su nombre gritó: "Anciana",  y bajando la voz casi sin querer, dijo: "parece que has obrado un milagro. ¿Qué es lo que tejes?" 
​Elara detuvo su rueca. Sus ojos profundos se encontraron con los del alcalde. "No tejo silencios, señor alcalde. El silencio ya está aquí, siempre lo ha estado. Tejo el permiso para escucharlo". 
​Y el pueblo de Piedras Secas, aunque seguía teniendo sus desacuerdos, aprendió que la verdadera paz no era la ausencia de ruido, sino la capacidad de encontrar el silencio en medio de él. Y lo encontraron, en cada pausa entre palabras, en cada mirada antes de una respuesta airada, en el zumbido constante y amable de la rueca invisible de Elara.



-Moraleja: practica el silencio, el silencio es el lenguaje del corazón, tu paz interior te lo agradecerá.

-El nombre Elara es de origen griego y tiene un significado profundo. En la mitología griega, Elara era una de las amantes de Zeus y madre del gigante Ticio. Este nombre evoca la belleza y la pasión, simbolizando la luz y la creatividad. Además, Elara también se refiere a una luna joviana descubierta en 1905, lo que añade un aspecto astronómico a su significado. Las personas con este nombre suelen ser vistas como creativas, con una gran sensibilidad y una fuerte intuición.

Maya: ilusión o apariencia engañosa de la realidad en la filosofía hindú.

Personajes: Elara, anciana. Maya, niña. Alcalde.

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martes, diciembre 23, 2025

Arquetipos de un mismo espejo


I

Salieron al amanecer, cuando la autovía aún respiraba ese silencio que solo existe antes de que el mundo despierte del todo.  Sí, dos silencios viajaban juntos, esperando que una palabra mínima —un “ah”— revelara la grieta.

Él conducía. Ella miraba por la ventanilla como si buscara una señal en el cielo. Habían decidido emprender aquel viaje “para ver qué pasaba”, como si los kilómetros pudieran ordenar lo que las palabras ya no alcanzaban.

El coche avanzaba entre campos secos y túneles de luz. Afuera parecía todo tan claro; dentro, en cambio, cada gesto dejaba un pequeño temblor.

Él pensaba en la última semana: esas conversaciones interrumpidas, las evasivas, el modo en que ella parecía estar en dos lugares a la vez. Lo intuía: “la teoría del pájaro”. Ese miedo a soltar una rama sin tener otra preparada. Esa manera de cuidarse siempre con un plan B, por si el corazón se cansaba antes de tiempo.

Ella, sin embargo, luchaba con otra verdad: sentía que llevaba meses aferrada a una rama seca, sin sombra ni música. Miraba el paisaje y pensaba que quizá aquel viaje fuese el último intento de salvar algo, o la excusa perfecta para aprender a soltar sin caer.

En la radio sonaba una canción tenue. Ninguno hablaba. El silencio iba llenando el coche como una tercera presencia, incómoda pero inevitable.

A veces se miraban sin verse. Otras, una palabra pequeña —“¿agua?”, “¿frío?”, “¿paramos?”— fingían normalidad. Pero cada kilómetro parecía una cuerda tensada.

A mitad de camino, un cartel anunciaba un mirador sobre el río. Él aminoró sin decir nada. Ella asintió. Se detuvieron.

El viento allí arriba era limpio. El valle, profundo. Había algo de verdad en ese vacío que se abría ante ellos: un recordatorio de que todo puede sostenerse… o romperse.

—No sé en qué rama estoy ya —dijo él finalmente, sin reproche, sin rabia.

Ella tardó en responder.

—Yo tampoco sé cuál estoy dispuesta a soltar.

Ambos quedaron suspendidos en esa frase. Dos ramas. Dos miedos. Dos vidas con el vértigo de decidir.

II

Volvieron al coche cuando el viento empezó a mostrar su enmarañado frío en el mirador, eran dos fríos, uno escarchado, otro distante e indiferente. No habían resuelto nada, pero algo se había movido dentro de cada uno, como si una piedra se hubiera desplazado apenas un milímetro en el fondo del río. A veces eso basta para cambiar la corriente. A veces no.

 

Él encendió maquinalmente el motor del coche sin mirarla.

Ella ajustó el cinturón mirando distraídamente al frente, con una serenidad fingida.

La carretera descendía en curvas amplias, trenzando un paisaje que parecía más nítido que antes, aunque por dentro los dos iban confusos, envenenados, mucho más que turbios. 

Durante algunos kilómetros no hablaron. Pero a cada tanto, una palabra caída con descuido abría un pequeño incendio. 

—¿Quién te escribió anoche? —preguntó él, como quien pasa el dedo por encima de un cristal empañado.

—Una amiga. —La respuesta sonó demasiado rápida.

—Ah.

 

Ese “ah” quedó flotando a media distancia entre los dos. Ella lo sintió como una sospecha. Él lo concibió como una confirmación de sus miedos. En realidad, ninguno sabía nada. Pero así funcionan los celos, no necesitan pruebas, solo un socavado hueco donde anidar más hiel. 

Siguieron descendiendo. El sol iba entrando a través del parabrisas en líneas quebradas.

 

—¿Y tú? —preguntó ella de repente—. ¿Dónde estabas el martes por la tarde?

Él tardó más en responder.

—Con un amigo.

—Ah.

 

Los dos “ah” se reconocieron como arquetipos de un mismo espejo.

 

El coche avanzaba, pero ellos parecían quedarse atrás, en algún punto donde la confianza había sufrido un desprendimiento más. Nada grave, pero suficiente para que ni la carretera ni las emociones pudieran ser del todo estables. 

Al pasar por un pueblo, él propuso detener el coche unos minutos para tomar café. Ella asintió sin ningún entusiasmo, no tenía ganas.

A él tampoco le apetecía, pero necesitaba contener, retrasar la llegada.

 

Sentados frente a frente, con dos tazas humeantes entre las manos, por primera vez en semanas se permitieron mirarse sin defensas. Y en esa mirada larga, torpe, surgió algo inesperado: un cansancio compartido, casi tierno. Como dos pájaros agotados que han sobrevolado demasiado tiempo ramas que no sostienen.

 

—No quiero vivir dudando de ti —dijo él, bajando la vista.

—Yo tampoco —respondió ella—. Pero no sé por dónde empezar.

 

Ese reconocimiento fue un gesto mínimo, pero abrió una rendija, un intersticio de luz. No una promesa, no una garantía… solo la posibilidad de ser más sinceros.

 

El regreso continuó.

Esta vez él bajó la velocidad.

Ella dejó el móvil en la guantera, como quien suelta un sobrepeso.

Hablaron de cosas triviales, de la carretera, del cielo, de un perro que cruzó corriendo.

 

Parecían dos personas ensayando de nuevo la delicadeza, quizá la cortesía.

 

Al llegar a la ciudad, quedaron en silencio. Era la hora en que las luces comienzan a encenderse, y en ese encenderse ambos sintieron algo parecido a un comienzo, pero sin grandilocuencia: apenas un acuerdo íntimo, casi impropio de decir en voz alta.

—¿Subes? —preguntó ella.

Él dudó.

Ella lo miró.

La duda, esta vez, no era desconfianza: era vulnerabilidad.

 

Él asintió finalmente.

Subieron.

 

No hubo milagro.

Tampoco abandono.

Hubo algo más frágil y más verdadero:

—la decisión de quedarse un poco más, aun temblando, como dos pájaros que siguen dudando de la rama pero que, por primera vez en mucho tiempo, deciden posarse sin tener otra preparada. 

__________________________

Relatos sin ton ni son -2ª Edición-

imagen: Alexandra_Koch


lunes, diciembre 08, 2025

Invasión alienígena jugando al mus

 

En una pequeña ciudad gallega, en la acogedora sede de la Asociación de Mujeres Amas de Casa, las mesas se llenaban de cartas y risas, y no de las risas educadas que se podrían esperar de señoras de abolengo y edades algo avanzadillas, sí, risas adoctrinadas, de esos alegres impulsos que no se han esperar cuando estás con gente como tú, con gente de confianza y dicharachera y sobre todo en un ambiente distendido entre amigos, en este caso amigas. 

Las señoras, con sus pañuelos elegantemente anudados alrededor del cuello, sacaban partido a su belleza y encanto mientras sus ágiles manos se preparaban para una partida de mus, ese juego de naipes tan extendido en España y en algunos países de Latinoamérica como Uruguay, Argentina, Chile, Colombia y México, así como en algunas regiones del sur de Francia. Lógico, se trata de un juego con más de doscientos años de historia, cuyo origen, aunque discutido, se atribuye al País Vasco. ¡Quién iba a pensar que algo tan simple como unas cartas podría generar tanto alboroto! 

 

La sala estaba llena de ruido: el chasquido de las cartas al barajarse, los comentarios picantes y las risas que podrían competir con cualquier grupo de adolescentes. Las lámparas de araña parpadeaban, probablemente cansadas de ser testigos de tantas trampas y estrategias. El olor a café recién hecho flotaba en el aire, porque, claro, ¿qué sería de un encuentro de amas de casa sin una dosis de cafeína? 

 

Doña Carmen, la veterana del grupo, observaba con ojo avizor a su pareja, Doña Clara, intentando transmitirle algún mensaje. No se le escapaba nada. Si alguien hacía trampa, ella lo detectaba al instante, porque ser la Sherlock Holmes del mus era su verdadero título. Doña Rosa, la más joven, intentaba disimular su nerviosismo. Sus manos temblaban al colocar las cartas sobre la mesa. "Tranquila, querida, no es como si estuviéramos jugando por la liberación de Europa", pensaba Doña Carmen. 

 

Doña Pilar, la risueña, soltaba chascarrillos y provocaba carcajadas. "¡Ay, si mi marido supiera que estoy aquí!", decía, y todas reían, porque, en realidad, sus maridos estaban tan entretenidos con el fútbol que ni notarían su ausencia. Doña Isabel, la seria, mantenía la compostura. Pero cuando ganaba una mano, su sonrisa iluminaba la sala como si hubiera ganado el premio Nobel de la Paz. 

 

La partida avanzaba. Las estrategias se cruzaban, las miradas se entrecruzaban. Doña Carmen fulminó con la mirada a Doña Rosa, que había intentado esconder un as bajo la manga. "¡Tramposa!", exclamó, y todas rieron, incluso Doña Rosa, porque en realidad, todas habrían hecho lo mismo si se les hubiera ocurrido primero. 

 

El ruido de las sillas al moverse, los comentarios sobre las jugadas y los aplausos cuando alguien ganaba formaban una especie de banda sonora. Doña Carmen, al final, se llevó la partida. Doña Rosa, con su sonrisa traviesa, le guiñó un ojo. "La revancha será mía", prometió, como si estuviera planeando una operación militar secreta. 

 

Y así, en la Asociación de Mujeres Amas de Casa, la partida de cartas se convirtió en un ritual sagrado. No solo se trataba de ganar o perder, sino de compartir risas, complicidades y amistad, y, por supuesto, de quién podía engañar mejor sin ser descubierta. Al final, todas se abrazaron y brindaron con café. Porque en ese rincón gallego, el ruido de las cartas era música para el alma... o al menos, una buena excusa para no estar en casa haciendo tareas. 

 

Justo cuando estaban a punto de terminar, la puerta se abrió de golpe. Todas se giraron sorprendidas, esperando ver a alguno de los maridos, pero en su lugar apareció el alcalde del pueblo, con el rostro desencajado. "¡Señoras, se ha declarado una alerta de invasión alienígena! ¡Necesitamos evacuar el pueblo inmediatamente!" 

 

durante un segundo, un silencio absoluto invadió el lugar, luego casi al unísono todas estallaron en risas. "Ay, alcalde, no nos haga reír", dijo Doña Carmen entre carcajadas. Pero al ver que el alcalde no se reía, poco a poco se dieron cuenta de que hablaba en serio.  

 

Sin saber si reír, llorar o simplemente seguir con la partida, Doña Rosa se levantó y con la misma sonrisa traviesa, dijo: "Bueno, al menos los extraterrestres no saben jugar al mus. Les enseñaremos un par de cosas".

 

Y así, con un giro tan inesperado como surrealista, la tranquila tarde de cartas se transformó en una aventura digna de una película de ciencia ficción. Porque en la Asociación de Mujeres Amas de Casa, cualquier cosa puede suceder, hasta una invasión alienígena.


Relatos sin ton ni son -2- 
Imagen: GeorgeB2
(800 palabras)

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viernes, diciembre 05, 2025

No abras la puerta (Relato breve)


 

No abras la puerta

Durante semanas, ella había aprendido a leer los pasos. El ritmo errático, el crujido de las suelas gastadas, el olor que precedía al desastre. Cuando él apareció aquella noche, tambaleándose, no fue distinto. Pero algo en sus ojos sí lo era. 

No había furia. No había amenaza. Solo un vacío que parecía mirar a través de ella. 

—No soy yo —murmuró él, con voz quebrada—. No sé qué está pasando. 

Ella retrocedió, buscando la puerta, pero se detuvo. Él cayó de rodillas, como si algo lo hubiera empujado desde dentro. Y entonces lo vio. 

Una sombra. No la suya. No la de él. Una tercera, que se movía por el pasillo, sin cuerpo, sin rostro. Solo presencia. 

Ella gritó. No por él. Por lo que entendió en ese instante: no era el alcohol. No era la violencia. Era otra cosa. Algo que había estado allí desde antes. Algo que los había habitado. 

La ambulancia llegó minutos después. A él lo encontraron inconsciente. A ella, en estado de shock, murmurando palabras sin sentido. 

—No era él —repetía—. No era él. 

En el hospital, cuando despertó, no recordaba nada. Ni su nombre. Ni a él. Ni siquiera que alguna vez hubiera estado allí. 

Solo una frase escrita en su muñeca, con tinta negra: “No abras la puerta.” 

 

Relatos Sin Ton Ni Son -2-
(Escritores Norte Sur)
 https://www.amazon.es/dp/B0D3848WCN

Imagen: wagrati_photo


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lunes, noviembre 24, 2025

Relato Breve: La frontera


Estaba dicho. Su nombre no me decía gran cosa, pero sus ojos, su boca, su pelo, incluso su manera de hablar y de moverse, sobre todo cuando dejó el bolso colgado de su antebrazo para colgarse del mío mientras me hundía dentro de sus ojos con esa miraba afable que tal vez había heredado de su madre, sí su madre, esa señora que usaba postizos estratégicamente colocados para ocultar las duelas que la edad iba produciendo en su frente y especialmente en sus ojos y cuello. Usa peluca, le aseveró la niña, y ella no se hizo de rogar, era la forma de mantener su ego sin necesidad de mirar atrás y enfrentarse abiertamente a los espejos de su casa o a los nítidos reflejos de los escaparates.

Ella, la niña, trabajaba en una empresa de reparto, manejaba la camioneta con destreza, era prudente en la conducción y especialmente diligente en las entregas. Es cierto que el sueldo no le daba para tanto, pero a favor, no le importaba seguir viviendo en la casa familiar, su madre no le imponía ninguna regla, se trataban como amigas y a veces hasta salían juntas de alterne.

Yo acababa de bajar del bus, fue casual el encuentro. Me invitó a merendar en su casa. Al entrar al salón observé un palo selfie con el trípode abierto, presto para ser usado. La niña sonrió y me dijo —¿Listo para capturar el momento? Pero no era una simple foto lo que ella tenía en mente. El palo selfie era su herramienta secreta para viajar entre dimensiones dejando atrás lo común para explorar lo desconocido. Y yo acababa de cruzar la frontera entre lo ordinario y lo extraordinario.


Relatos Sin Ton Ni Son: En primera persona del singular (Escritores Norte Sur)


Relatos sin ton ni son

1. La frontera
2. El corazón del día
3. La perversa lujuria que disfraza el silencio
4. Más pasión, a cambio de su alma
5. Ella mira la tele ajena a mis pesquisas
6. A diez centímetros de un beso
7. Inventar promesas y creer en las quimeras
8. El hombre olvidado
9. Mi ciudad, 1970
10. ¿No es peor levantarse de mal humor?
11. El motivo
12. Me acongoja no sentir excitación
13. Necesito mi Messenger
14. La cruda inanición
15. Muerto de celos
16. Aquellos tiempos valiosos
17. Dejar que sea el pecho el que sonría
18. Parábola de invierno
19. Busco el silencio en la palabra
20. El cuervo negro
21. El amparado fruto del árbol más sagrado
22. Los rostros que dibujan las tormentas
23. Sin orden ni concierto rompe las reglas
24. La ciudad es la estatua donde nadie se mueve:
25. Todo lo imposible es también lo real
26. Vientos que nos cierran los ojos y el futuro
27. Navegar sin rumbo ni destino
28. Domingo de sol en el secano de Tabernas
29. Oferta Irresistible 2x1€:
30. Inyectándole todas sus espinas quedó liberado
31. El tiempo va carcomiendo la coherencia y la armonía
32. Otro cuadro nocturno
33. El punto "G" de las gallinas
34. La infinita distancia de una luna en silencio
35. Días de inanición
36. Mis ojos sin destino caen al suelo
37. Mis amantes me esperan una a una o todas a la vez
38. Vivir es oficio y sabiduría
39. Patrones para amar
40. Una habitación para todos
41. El camaleón en su color
42. Mis horas frente a él
43. O eso dijeron ellos
44. Universos compartidos

Literary fiction. Spanish short stories collection
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Cuentos contemporáneos, narrativa poética, ficción literaria española
Autor: Alonso de Molina


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martes, marzo 11, 2025

El cuervo negro (ansiedad). Relato breve




Soñar con cuervos negros. Ella sueña que Él la engaña con Otra. Otra es grande y rubia de musculoso perfil de hembra bien alimentada, nórdica o alemana o ambas cosas. 
Sé que no es tu tipo, le dice a queda voz mirando al suelo, pero te sueño junto a esa mujer cariñosamente abrazado mientras los cuervos negros me tiran por el suelo picoteándome los brazos, como si quisieran comer mi carne a trozos. 
El miedo es una sustancia que Ella no pue-de soportar. Se le altera la sangre y no quiere ser poblada de heridas ni discordias que desmantelen su fuerza, su ilusión por vivir. "Pretendo una vida y un destino generoso”, dice Ella con toda la razón de la razón. Él le acerca sus brazos como si le acercara un clavel o una rosa y le sonriera. 
Pero el clavel sangraba y la rosa clavaba sus espinas en los sueños de Ella. Por contra, miraba a Él de frente y sonreía en una mueca de angustia, como si apostara una última carta a la ilusión por vivir en paz y ser feliz. Pero insistía, Ella insistía en el abrazo de Él a Otra y estiraba el cuello en dirección a la cara de Él con sus venas gritándole a voz queda y ojos perniciosos. 
Él solo le sonreía disimulando el aciago bulto que le iba creciendo adentro del pecho sin poder frenarlo; en tanto, la invasión de Ella a su cuerpo y a su confusa mente mientras observaba cómo la ansiedad se iba apoderando de sus rasgos y de su alma entre encuentros y desencuentros con Ella misma y con Él. 
...llaman a la puerta, es extraño, no espero visita... Al abrir desfilan ante mí X Z Y... Todas mis amantes entran y se abrazan en derredor de mi cuerpo formando un corro donde yo soy el eje. LA PUERTA SIGUE ABIERTA, al fondo, en la penumbra del pasillo, alguien avanza despacio, ¿será L M N o quizá Ñ? Aguzando los ojos y esquivando el cerco de X Z Y... Sonrío, es Ella y en la mano trae un cuervo muerto inerte. Ha vencido su ansiedad. La abrazo.




Relatos Sin Ton Ni Son: En primera persona del singular
(Escritores Norte Sur). Autor: Alonso de Molina

Disponible en línea
https://www.amazon.es/dp/B0D3848WCN
 

Disponible en libro de bolsillo
https://www.amazon.es/dp/8412876105 

Más libros de la Colección Escritores Norte Sur
https://www.amazon.es/dp/B08V3DTFKG 



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lunes, septiembre 16, 2024

Relato "Mi ciudad, 1970" del libro " Relatos sin ton ni son" en la edición Extra de la Revista Transparencias



EXTRA

REVISTA CULTURAL “TRANSPARENCIAS”

EXTRA DE SEPTIEMBRE / 2024


 

Relato "Mi ciudad, 1970" del libro "Relatos sin ton ni son" en la edición Extra de la Revista Transparencias


Libro disponible en formatos papel y digital

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lunes, marzo 04, 2024

El amor es otra forma de lenguaje. Boda de género en dos tomas


El amor no tiene género. El amor es otra forma de lenguaje. Tal vez escarbar entre los dientes para vivir la historia que sucede cada vez que las miradas se cruzan y entre los ojos surge un palpitar de sangre que nutre los incendios.

Así surgen anécdotas, historias que dibujan los perfiles de un último trozo de pizza como fastuosa entrega de respeto o amor o ambas cosas; o esas miradas cómplices que pregonan apremios y guiños de ojos o esa complicidad de inclinarse adelante para acercar los rostros y compartir las gemas de oxígeno y sol como si fuera vino, con las bocas abiertas como ventanas anunciando verbenas que se prestan a un baile de cosmos amaestrados para sacar sus lenguas a cualquier mediocre estrella que las mire por encima del hombro.

Los enjutos espacios donde el aliento, lleno de uñas, se desnuda juntando dientes preñados de risa y manos que pellizcan las envolturas del alma con los dedos abiertos, aflorados en signos que, como brotes surgidos de la tierra, revierten de estrellas un bosque de geranios en flor para echar a volar la fuerza animal de la pasión, de la lujuria, las chispas de dos tallos que se afloran unidos y se entrelazan para aliviarse de amor y trayectorias de voces que estornudan.

Besar es un oficio de entrega sin paliativos que va dejando rastros libres de dolor y forzados exilios, que se inundan, se encienden, sumergiéndose en un éxtasis compartido se despojan de ojos porque todas las miradas se encuentran dentro de nosotros mismos.

Juntar el corazón a lo lejano de las fechas y días venideros. Aprender hasta lo triste y florecer sin miedo, que los ojos son campanas que llaman a los pájaros y ofrecen copas de algún buen vino y libros con mensajes equivocados que festejan el rumbo sin saber que hay que atravesar el fuego y aliarse con él para vencerlo antes que la invasión de las dudas nos estreche el talante torciéndonos el gesto y, dudándonos el rumbo, nos lleve hasta el recelo.

Despacio, como entran las novias, entraron despacio. Primero una (la mayor) seguidamente la más joven de apenas 30 años. Diez de junio 2023. 19:00 horas. No sé dónde.

En una tarde radiante, luminosa y en un precioso entorno, No sé dónde, campestre e idílico, el amor y la igualdad se unieron en una emotiva ceremonia de boda de género. Dos chicas enamoradas decidieron unir oficialmente sus vidas y compartir su amor con el mundo. Pero esta no era una boda ordinaria; tenía un toque especial y una historia extraordinaria detrás.

La pareja, crecida de felicidad y determinación, celebró su amor de una manera única e intensa. La novia de mayor edad, que habiendo decidido embarazarse por inseminación artificial, dio a luz a gemelos hace apenas seis meses. Y los hermosos bebés estuvieron presentes durante la preciosa ceremonia civil, dentro del carrito.

Amigos y amigas de la pareja se unieron para hacer de este día algo aún más especial. Tomaron el escenario y compartieron anécdotas y vivencias, resaltando la conexión profunda y el amor inquebrantable que rodeaba a la pareja. Cada palabra hablada fue un recordatorio de la importancia de apoyarse mutuamente y construir relaciones sólidas.

La presencia de los bebés en la ceremonia no solo llenó el aire de ternura y alegría, sino que también simbolizó la fuerza de esta nueva familia. Era un testimonio vivo del amor y el compromiso que estas dos mujeres compartían, y una declaración audaz de que todas las formas de familia merecen ser celebradas y respetadas.

Este evento extraordinario destacó el progreso que se ha logrado en la aceptación y el reconocimiento de las diversas formas de amor y familia. Las bodas de género, como esta, son un recordatorio de que el amor no tiene barreras y que todos merecen ser tratados con igualdad y respeto, sin importar su orientación sexual o identidad de género.

En un mundo en el que la igualdad todavía es una meta a alcanzar, esta boda de género nos inspira a seguir luchando por un futuro más inclusivo y justo. Que la historia de estas dos mujeres valientes y su amor inquebrantable sea un faro de esperanza para aquellos que aún enfrentan adversidades. Que inspire a otros a aceptar y celebrar el amor en todas sus formas.

La ceremonia llegó a su fin con abrazos, lágrimas de alegría y sonrisas radiantes. Esta boda fue más que un simple evento, fue viva estampa de que el amor siempre prevalecerá y que, juntos, podemos construir un mundo donde cada persona sea libre de amar y ser amada. Y por qué no decirlo, hoy las parejas priorizan la crianza de mascotas, ustedes gestan hijos.

 

PD. No hubo cura porque lo más sagrado, el amor, ya estaba grabado en el ambiente y fueron amigos quienes dieron las bendiciones a las recién casadas. Y algo que me satisface de manera especial, es que tras el espléndido banquete no hubo, hasta donde yo sé, la horterada de “Paquito el Chocolatero” que tantas veces hemos bailado dejándonos llevar por el apremio y la jarana del momento.

 

#PatronesParaAmar



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