Hacer el bien sin mirar a quién Hay frases que heredamos sin preguntarnos demasiado qué esconden: “haz el bien y no mires a quién”.
La hemos escuchado tantas veces que parece innecesario discutirla. Suena limpia, generosa, casi incontestable. Haz el bien porque sí. No preguntes quién lo recibe, qué ha hecho, si lo merece, si te lo agradecerá. Hazlo y sigue tu camino.
Pero quizá haya una pregunta que la frase no ha tenido en cuenta: ¿Y si el que estaba equivocado era yo?
Porque hacer el bien también puede equivocarse de destinatario. No necesariamente porque el otro sea malo. Tampoco porque nosotros seamos ingenuos. A veces sencillamente confundimos bondad con disponibilidad, perdón con ausencia de límites, ayuda con obligación, amor con permanencia.
Y podemos pasar años haciendo el bien a alguien que ha aprendido a vivir de nuestro bien.
Entonces la bondad empieza a adquirir una forma extraña. Ya no sabemos si estamos ayudando o sosteniendo. Si estamos perdonando o permitiendo. Si estamos amando o evitando una despedida. Quizá lo más difícil no sea hacer el bien. Quizá sea discernirlo. Descifrarlo, digerirlo…
Porque juzgar al otro es relativamente fácil. Basta con colocarlo en el lado de los que merecen o no merecen. Pero el discernimiento (sensatez, cordura…) exige algo bastante más incómodo: mirarnos a nosotros mismos.
¿Por qué ayudo? ¿Porque puedo? ¿Porque quiero? ¿Porque el otro lo necesita? ¿O porque necesito sentirme necesario? Estos interrogantes cambian completamente las cosas.
Hay ayudas que hacen al otro más libre y ayudas que lo vuelven dependiente. Hay perdones que abren una puerta y otros que simplemente dejan abierta la misma herida. Hay silencios que respetan y silencios que esconden cobardía.
Y ninguno de nosotros está a salvo de confundirlos.
Por eso quizá discernir no consista en descubrir quién tiene razón, sino en observar qué estamos haciendo posible con nuestros actos.
Si mi bondad permite al otro levantarse, quizá sea bondad. Pero, si mi bondad permite al otro seguir pisándome, quizá tenga que preguntarme qué c¬-ñ- estoy haciendo.
No para castigarle, pero en todos los casos, para no traicionarme a mí mismo.
Porque existe una forma de generosidad que puede terminar siendo una renuncia a uno mismo. Y entonces aparece una frontera delicada, aquella en la que dejar de hacer algo por alguien no nace del rencor, sino del respeto. Sobre todo, respeto, hacia uno mismo.
Nos han enseñado que decir “no” puede ser egoísmo. No obstante, algunas veces sea exactamente lo contrario.
Tal vez decir “no” sea la manera más honesta de impedir que nuestra ayuda siga alimentando aquello que precisamente queríamos evitar.
Y aquí la vieja frase comienza a tambalearse. Haz el bien y no mires a quién.
¿De verdad no hay que mirar al sujeto de nuestro acción?
Quizá sea preciso mirar. Mirar al otro, sí. Pero también mirarnos a nosotros. Y, sobre todo, mirar las consecuencias. Observar qué ocurre después de nuestro gesto.
Mirar si aquello que ofrecemos es recibido como un regalo o convertido en un derecho. Mirar, incluso, si estamos dando libremente o si en el fondo esperamos algo que jamás nos hemos atrevido a pedir.
Porque, ¿acaso la bondad es necesariamente ciega? Quizá no tanto. Ve al otro y se ve a sí mismo. Y acepta que puede equivocarse.
Esta última condición, la de equivocarse me parece fundamental. El discernimiento, la sensatez… no nos garantiza acertar. No existen fórmulas que nos permitan conocer de antemano quién merece nuestra ayuda, quién cambiará, quién volverá a herirnos o quién utilizará nuestro perdón para reincidir.
Podemos equivocarnos haciendo el bien. Pero también podemos equivocarnos negándolo.
Y eso, de alguna manera, nos regresa al principio: ¿hacer bien sin mirar a quién?
¿Y si el que estaba equivocado era yo? Quizá por eso convenga desconfiar tanto de quien se considera siempre bueno como de quien considera siempre culpable al otro.
La bondad necesita humildad. Necesita aceptar que a veces ayudamos cuando deberíamos apartarnos y que otras veces nos apartamos precisamente cuando alguien necesitaba que permaneciéramos.
No se trata, entonces, de hacer el bien sin mirar a quién. Ni siquiera de mirar al otro para decidir si lo merece.
Se trata de mirar. Mirar antes. Mirar después. Mirar adentro.
Y tener el valor de preguntarnos, aunque duela: ¿estoy haciendo el bien porque es bueno hacerlo, o porque necesito creer que soy bueno?
Quizá esta sea la frontera. Porque cuando la respuesta nos incomoda, todavía estamos a tiempo. Y si no encontramos respuesta... ejem, siempre nos queda mirar al techo.
Aunque, por experiencia, sospecho que hasta el mismo techo termina haciéndonos preguntas: “Siempre nos queda mirar al techo”. Y sí, cuanto más lo pienso, más me gusta el techo que el suelo para esta cuestión, porque mirar al techo es ese gesto universal que hacemos cuando ya no sabemos qué hacer con nosotros mismos. No es dormir. No es pensar exactamente. No es rendirse. Es quedarse quieto mientras la cabeza sigue trabajando.
El techo se convierte en una especie de confesionario sin sacerdote. Allí hemos repasado conversaciones, decisiones, amores, errores, injusticias, cosas que dijimos y cosas que debimos decir. Y, sobre todo, hemos pronunciado mentalmente esa frase que todos decimos y nadie escucha:
“¿Y ahora qué coño hago?”
Y hay algo precioso en que este artículo ensayo termine ahí. Después de hablar de bondad, límites, discernimiento, culpa, generosidad, equivocaciones... no tenemos una conclusión.
Tenemos un techo. Y quizá eso sea muy nuestro, muy humano: después de pasarnos la vida intentando encontrar respuestas, acabamos tumbados mirando una superficie blanca, esperando que por algún milagro aparezca, si no una respuesta, al menos alguna objeción. Y lo cierto es que el techo no responde.
Por eso yo conservaría exactamente: —Y si no encontramos respuesta... —Siempre nos queda mirar al techo.
Creo que este ensayo pide no resolver demasiado pronto la contradicción. Que empiece en la bondad y termine dejándonos delante de nosotros mismos, si es posible con humor, ternura y derrota a partes iguales.
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