jueves, octubre 01, 2026

Donde el pájaro ha olvidado su vuelo

https://www.alonsodemolina.com/

Polvo pecho lluvia llama,
salgo, entro... nada soy.
La piedra es la sed que el agua no recuerda.
El cuenco ofrece heridas si es de arcilla,
un hueco donde el pájaro ha olvidado su vuelo.

          Las palabras flotaron en el aire, como el susurro de un alma que había encontrado su voz. El silencio, a pesar de su naturaleza, se volvió un personaje más en nuestra conversación, un testigo de lo que no se decía.

“¿Sabes?”, continuó ella, “el amor puede ser un laberinto, y a veces nos perdemos en sus giros. Creemos amar, pero a menudo es solo un eco de lo que deseamos”. Sus ojos brillaban con una sabiduría que desafiaba la tristeza que la envolvía.

Me senté en el bordillo, sintiendo cómo la fría brisa de la madrugada acariciaba mi piel. “¿Y cómo se encuentra el camino de regreso?”, pregunté, intrigado por la profundidad de su reflexión.

“Quizás no se trata de regresar, sino de aprender a caminar en la oscuridad”, respondió. “A veces, el amor se transforma en una sombra, y hay que aprender a vivir con ella, a abrazarla incluso cuando duele.”

El silencio entre nosotros se volvió cómodo, un espacio donde las palabras no eran necesarias. La luna, alta en el cielo, parecía escuchar y observar, iluminando nuestros rostros con su luz plateada.

“¿Podrías compartirme algo más de tu historia?”, le sugerí, sintiendo que cada fragmento de su vida podría ser una pieza del rompecabezas que intentábamos resolver juntos.

Ella asintió lentamente, como si estuviera dispuesta a abrir una puerta que había mantenido cerrada por mucho tiempo. “Todo comenzó con un sueño…”

Y así, en esa madrugada cargada de significados, nuestras historias se entrelazaron, creando un nuevo relato donde el amor, el silencio y el dolor se convirtieron en aliados inesperados.




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miércoles, septiembre 30, 2026

La Posesión del Ágata -difícil separar la geografía de la emoción-




Hay algo en La Posesión del Ágata que hace difícil leerlo con distancia: es un libro que exige presencia.
Alonso de Molina no describe el Cabo de Gata, lo habita desde adentro. Sus poemas nacen de esa tensión entre la tierra volcánica —dura, áspera, casi hostil— y la ternura con que el autor la recuerda desde la infancia.
 
La piedra ágata no es solo un símbolo: es casi un personaje, una materia que condensa todo lo que la tierra guarda y que el ser humano ansía poseer sin nunca poder hacerlo del todo.
Lo que más llama la atención es su tono: ni grandilocuente ni hermético. Habla en susurro, como quien comparte algo íntimo al oído.
 
Hay hambre, hay trabajo, hay familia y hay paisaje marino entrelazados de tal manera que resulta difícil separar la geografía de la emoción.
Es poesía que no pide ser analizada, sino sentida.
 
Como el propio autor sugiere: cada lector encontrará en ella su propia herida o su propio consuelo.
Un libro breve, pero con el peso de la piedra que le da nombre.

J. Amable 

 


Leer La posesión del Ágata



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lunes, septiembre 28, 2026

Dos manzanas -2-

Tantos años al borde de esta cama

hubo lamentos y gestos contraídos

aprendimos muy juntos a insistirnos

a mirarnos absortos y admirarnos

dibujándonos formas y sonidos

fuimos notas de un ritmo incontenido

la música que arde en nuestras venas

como oficio que nace sin premuras

 

fue la escuela

una tarde de sol en la ventana

una franja de arena en cada playa

un naranjo sin tierra un olivar

sin rumbo viento en calma dos latidos

y algo de frío encogido entre mis pies

tu vientre en cambio ardiendo

en esa hora frágil de los sueños

donde todo horizonte era universo

paisaje de un futuro siempre juntos

 

fuimos felices sin domingos

ni noches de verano en la montaña

mis manos -sí- tal vez en los bolsillos

quizá fingiendo que todo estaba bien

pero a pesar del frío o del calor

o de los días de lluvia

la noche era la espuma

latidos ondeándose entre dos aguas…

y así fue que nos hicimos dos manzanas.



Imagen: Stux (pxby)

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viernes, septiembre 25, 2026

La historia interminada ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?


la historia interminada

 ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?

Escribo. Juego. Me equivoco. Vuelvo a empezar. Miro el mar. Converso con alguien cercano o alguien que vive lejos.  Y, de vez en cuando, me detengo.

Cierto, en realidad no busco respuestas, soy consciente de que no todas las cuestiones son ponderables ni dignas de tener en cuenta. En el fondo, se trata de preguntas que no buscan replica ni objeción. Solo pretenden acompañarnos.

¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida? es una de ellas. Aparece cuando la rutina se resquebraja, cuando el calendario acumula días que no sabemos dónde colocar, o cuando descubrimos que llevamos demasiado tiempo corriendo sin recordar hacia dónde.

Pero quizá la pregunta esté mal formulada.

Tal vez no estamos haciendo nuestra vida. Tal vez la vida nos está haciendo a nosotros mientras creemos dirigirla.

Nos empeñamos en construir un sentido, como quien levanta una casa sobre un terreno que no conoce. Buscamos objetivos, certezas, respuestas, y olvidamos que también hay una sabiduría en el desconcierto. Porque no saber puede ser, paradójicamente, una forma de estar despierto.

¿Qué hago con mi vida?

Nada extraordinario, quizá.

Camino. Amo. Pierdo. Escribo. Juego. Me equivoco. Vuelvo a empezar. Miro el mar. Persigo un pequeño objeto por un campo irracional y hermoso. Converso con alguien que vive lejos. Y, de vez en cuando, me detengo.

Quizá vivir consista en eso, en no encontrar finalmente una respuesta, sino aprender a habitar dignamente la pregunta.


 

Image 01 by Gerd Altmann 

Image 02 by web 

 


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jueves, septiembre 24, 2026

En tu ascenso al Machu Picchu, mi voz camina contigo (A LG mi amor de siempre)



Desde esa patria íntima que no está en los papeles,
yo te nombro en la Luz y en los Caminos,
y en la vida que compartimos sin distancias.


No busques en los mapas
el sitio donde habitas


la patria es solamente
el lugar donde te hallas.

Verás tu corazón
soñando en mil estrellas

y en cada voz que nace
prendiéndose en revuelos
tus pupilas en llamas

observarán la luz
que tus ojos proclaman.


…y en tu ascenso al Machu Picchu,
mi voz camina contigo.


A LG mi amor de siempre



Imagen: LoggaWiggler pxby

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lunes, septiembre 21, 2026

Dos manzanas -1-


"A un lado de tus gentes y las mías, te he dicho 'ya es tarde',

y tú sabías que decía te quiero” J. Sabines


Éramos dos manzanas a punto de abrazarnos

…yo, a tu lado, poniendo rojas las sortijas de tu rostro


Y aunque la tarde caiga
como un idioma extraño
sobre nuestros ojos y manos
tú entiendes cada sílaba
que intento esconder en mis silencios.

Porque hay palabras
que solo existen cuando tú las escuchas
y gestos que solo cobran forma
cuando te acercas.



"Gracias por leer. Si te ha gustado este título, te invito a seguir explorando mis textos"

https://www.alonsodemolina.com/


©Alonso de Molina

Alonso de Molina: Dos manzanas -2-



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jueves, septiembre 17, 2026

Amar lo distinto: La mayor rebeldía del siglo XXI


Vivimos en un mundo que parece un círculo vicioso de despropósitos. Noticias de guerras, tensiones fronterizas y líderes que levantan muros nos hacen sentir, a menudo, como meros espectadores de un guion que no hemos escrito. ¿Pero, qué nos queda ante este panorama? ¿Cómo mantenemos el carácter y la paz cuando el ruido externo es ensordecedor?

La respuesta no está en los grandes despachos, sino en nuestra propia escala humana.

 

Un mestizaje de experiencias

A lo largo de los años, el deporte —desde la lucha y las artes marciales hasta el golf— ha sido mi universidad particular. He confraternizado con atletas de culturas tan diversas como la rusa, japonesa, americana o cubana. Con unos hacíamos trueque, con otros compartíamos noches interminables o el silencio cómplice. Aprendí algo fundamental: el idioma o la cultura cambian, pero la esencia humana —la necesidad de conectar y de ser respetados— es la misma en todas partes.

 Ese "mestizaje" de vivencias te va curtiendo. Te enseña que, en el fondo, somos diferentes, pero iguales.

 

El arte de la selección

Desde que era niño jugando en la calle, comprendí que no todas las relaciones se basan en la honestidad. La vida me enseñó a desarrollar un radar, un discernimiento que hoy, ya forjado por los años, actúa de forma casi mecánica. 

La lealtad y el carácter no se aprenden en los libros, se forjan en el roce diario. Aprender a elegir bien a quienes nos rodean es la mayor protección para nuestra paz mental. Cuando decides rodearte solo de vínculos sanos y sinceros, el enriquecimiento es mutuo y tu lealtad se vuelve inquebrantable.

 

La rebelión de la empatía

Hoy, cuando veo el panorama internacional —el péndulo constante entre abrirse y cerrarse, entre el miedo y el control—, me doy cuenta de que la mayor rebeldía del siglo XXI es negarse a participar en ese círculo de despropósitos. 

 La verdadera victoria no es ganar una competición ni tener la razón en un debate político. La victoria es mantener a salvo tu "metro cuadrado" de vida. Es escuchar a ese *maestro interior* que te guía a actuar con lealtad y respeto, no por obligación, sino porque ya es parte de tu naturaleza.

 

Conclusión

Al final, todo se resume en un sencillo acto de presencia. Lo que comenzó en la calle como una intuición de niño ha madurado hasta convertirse en una forma de navegar la vida sin esfuerzo. 

 Cuando has forjado tu carácter con el respeto por lo ajeno —por la diferencia de piel, cultura o religión—, actuar bien ya no es una decisión difícil, sino un reflejo natural. En un mundo empeñado en dividir, elegir amar lo distinto no es ingenuidad; es un acto de soberanía. Es la única forma de caminar serenos cuando todo lo demás parece querer arrastrarnos a la guerra.



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lunes, septiembre 14, 2026

Frases inspiradoras para dedicatorias de libros


Si eres autor DEDICATORIAS para libros
siempre dispuesto a explorar otros mundos a través de la mirada poética


"Para ti, que haces que la vida se lea con entusiasmo y cada página tenga sentido”

 que este libro te acompañe como tú me acompañas: con cariño, alegría y lealtad”

 "A ti, que con cada conversación escribes capítulos memorables en mi historia”

 "Para el amigo que nunca deja de soñar ni de ayudar a los demás a hacerlo”


Frases de gratitud y afecto

"Gracias por estar presente, incluso cuando no necesitas decir una palabra”

 "Tu amistad es como un buen libro: rara, valiosa y llena de momentos inolvidables”

 "Este libro es un pequeño reflejo del aprecio inmenso que tengo por ti”

 "Por todas las páginas que hemos vivido juntos y las que aún nos esperan”

 "A ti, que transformas los días comunes en historias extraordinarias”

  

Frases poéticas y profundas

"Tu amistad es el verso que da ritmo a mis días. Que este libro sea música para tu alma”

"Entre páginas y silencios, tu presencia siempre ha sido mi mejor historia”.

"Este libro es solo una excusa para recordarte que tu existencia es literatura viva”

Frases alegres y divertidas

"Para ti, que haces que hasta los días grises tengan subtítulos de comedia”

"Si nuestra amistad fuera un libro, sería de aventuras, con capítulos de risas y finales felices”

"Este libro no tiene chistes, pero tú sabrás encontrarlos. ¡Como siempre!"

 

Frases reflexivas y motivadoras

"Que cada página te recuerde lo lejos que puedes llegar cuando crees en ti”

"Este libro es un espejo: espero que en él veas todo lo que admiro de ti”

"A ti, que conviertes cada obstáculo en una oportunidad. Que esta lectura te impulse aún más”

 

Frases breves, pero con impacto

"Tu amistad es mi mejor capítulo”

"Gracias por ser parte de mi historia”

"Este libro es un abrazo en palabras”


Frases con estilo literario

"Como dijo Borges, 'la amistad no necesita frecuencia, el amor sí'. Gracias por estar, incluso en el silencio”

"Tu amistad es como un buen libro: cada relectura revela algo nuevo y valioso”

"Eres ese personaje secundario que se convierte en protagonista en mi historia personal”

"Como escribió Saint-Exupéry, 'lo esencial es invisible a los ojos', pero tu amistad es imposible de no sentir”

 

Frases con tono clásico y elegante

"A ti, que con tu presencia haces que cada página de la vida tenga sentido”

"Este libro es un tributo a la complicidad que compartimos, escrita entre líneas y risas”

"Tu amistad es el prólogo perfecto para cada aventura que me atrevo a vivir”

"Que este libro sea un espejo de lo que tú ya eres: inspiración, fuerza y ternura”

 

Frases con referencias literarias sutiles

"Como en los cuentos de Cortázar, tu amistad aparece en los momentos más inesperados y mágicos”

"Eres como ese verso de Benedetti que uno guarda en el bolsillo para los días grises”

"Si la vida fuera una novela, tú serías el capítulo que nunca quiero que termine”

 

En los comentarios puedes dejar la tuya,

la añadiremos a estas con tu nombre.


10 sept 2026
Mi pregunta "sin respuesta":
*¿Qué harías hoy si no tuvieras miedo?*


 Agruparlas por estilo: líricas, alegres, reflexivas o con referencias literarias.




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Los Símbolos Desnudos: Hacer un árbol con un trozo de madera

 Los Símbolos Desnudos: Hacer un árbol con un trozo de madera

 

Quizá descubras que lo sagrado ha estado siempre en tus manos.

Poesía es poner delante algo nuevo

hacer un árbol con un trozo de madera

 

Un cuerpo de palabras sin ornamento, que se alza como gesto de vacío. No busca una belleza dócil, sino la libertad que arde en los símbolos, esa grieta donde la promesa se vuelve verdad o sombra.

  

Observa, pues, que la creación, la creatividad,

no necesita grandes recursos, solo intención y propósito.

  

Autor: Alonso de Molina

 Prólogo: Libertad González

Editorial: De Sur a Sur Ediciones (España)

 

https://www.amazon.es/dp/B0G2HHG8PV



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sábado, septiembre 12, 2026

Hacer bien sin mirar a quién ¿Hacer bien incluso para las personas equivocadas?


Hacer el bien sin mirar a quién Hay frases que heredamos sin preguntarnos demasiado qué esconden: “haz el bien y no mires a quién”. 
La hemos escuchado tantas veces que parece innecesario discutirla. Suena limpia, generosa, casi incontestable. Haz el bien porque sí. No preguntes quién lo recibe, qué ha hecho, si lo merece, si te lo agradecerá. Hazlo y sigue tu camino. 
Pero quizá haya una pregunta que la frase no ha tenido en cuenta:
¿Y si el que estaba equivocado era yo? 
Porque hacer el bien también puede equivocarse de destinatario. No necesariamente porque el otro sea malo. Tampoco porque nosotros seamos ingenuos. A veces sencillamente confundimos bondad con disponibilidad, perdón con ausencia de límites, ayuda con obligación, amor con permanencia. 
Y podemos pasar años haciendo el bien a alguien que ha aprendido a vivir de nuestro bien. 
Entonces la bondad empieza a adquirir una forma extraña. Ya no sabemos si estamos ayudando o sosteniendo.
Si estamos perdonando o permitiendo.
Si estamos amando o evitando una despedida.
Quizá lo más difícil no sea hacer el bien.
Quizá sea discernirlo. Descifrarlo, digerirlo… 
Porque juzgar al otro es relativamente fácil. Basta con colocarlo en el lado de los que merecen o no merecen. Pero el discernimiento (sensatez, cordura…) exige algo bastante más incómodo: mirarnos a nosotros mismos. 
¿Por qué ayudo?
¿Porque puedo?
¿Porque quiero?
¿Porque el otro lo necesita?
¿O porque necesito sentirme necesario?
 Estos interrogantes cambian completamente las cosas. 
Hay ayudas que hacen al otro más libre y ayudas que lo vuelven dependiente. Hay perdones que abren una puerta y otros que simplemente dejan abierta la misma herida. Hay silencios que respetan y silencios que esconden cobardía. 
Y ninguno de nosotros está a salvo de confundirlos. 
Por eso quizá discernir no consista en descubrir quién tiene razón, sino en observar qué estamos haciendo posible con nuestros actos. 
Si mi bondad permite al otro levantarse, quizá sea bondad. Pero, si mi bondad permite al otro seguir pisándome, quizá tenga que preguntarme qué c¬-ñ- estoy haciendo. 
No para castigarle, pero en todos los casos, para no traicionarme a mí mismo. 
Porque existe una forma de generosidad que puede terminar siendo una renuncia a uno mismo. Y entonces aparece una frontera delicada, aquella en la que dejar de hacer algo por alguien no nace del rencor, sino del respeto. Sobre todo, respeto, hacia uno mismo. 
Nos han enseñado que decir “no” puede ser egoísmo. No obstante, algunas veces sea exactamente lo contrario. 
Tal vez decir “no” sea la manera más honesta de impedir que nuestra ayuda siga alimentando aquello que precisamente queríamos evitar. 
Y aquí la vieja frase comienza a tambalearse.
Haz el bien y no mires a quién.

 ¿De verdad no hay que mirar al sujeto de nuestro acción?

Quizá sea preciso mirar. Mirar al otro, sí. Pero también mirarnos a nosotros. Y, sobre todo, mirar las consecuencias. Observar qué ocurre después de nuestro gesto. 
Mirar si aquello que ofrecemos es recibido como un regalo o convertido en un derecho. Mirar, incluso, si estamos dando libremente o si en el fondo esperamos algo que jamás nos hemos atrevido a pedir. 
Porque, ¿acaso la bondad es necesariamente ciega? Quizá no tanto. Ve al otro y se ve a sí mismo. Y acepta que puede equivocarse. 
Esta última condición, la de equivocarse me parece fundamental. El discernimiento, la sensatez… no nos garantiza acertar. No existen fórmulas que nos permitan conocer de antemano quién merece nuestra ayuda, quién cambiará, quién volverá a herirnos o quién utilizará nuestro perdón para reincidir. 
Podemos equivocarnos haciendo el bien.
Pero también podemos equivocarnos negándolo. 
Y eso, de alguna manera, nos regresa al principio: ¿hacer bien sin mirar a quién? 
¿Y si el que estaba equivocado era yo?
Quizá por eso convenga desconfiar tanto de quien se considera siempre bueno como de quien considera siempre culpable al otro. 
La bondad necesita humildad.
Necesita aceptar que a veces ayudamos cuando deberíamos apartarnos y que otras veces nos apartamos precisamente cuando alguien necesitaba que permaneciéramos. 
No se trata, entonces, de hacer el bien sin mirar a quién. Ni siquiera de mirar al otro para decidir si lo merece. 
Se trata de mirar.
Mirar antes.
Mirar después.
Mirar adentro. 
Y tener el valor de preguntarnos, aunque duela: ¿estoy haciendo el bien porque es bueno hacerlo, o porque necesito creer que soy bueno? 
Quizá esta sea la frontera. Porque cuando la respuesta nos incomoda, todavía estamos a tiempo. Y si no encontramos respuesta... ejem, siempre nos queda mirar al techo. 
Aunque, por experiencia, sospecho que hasta el mismo techo termina haciéndonos preguntas: “Siempre nos queda mirar al techo”. 

Y sí, cuanto más lo pienso, más me gusta el techo que el suelo para esta cuestión, porque mirar al techo es ese gesto universal que hacemos cuando ya no sabemos qué hacer con nosotros mismos. No es dormir. No es pensar exactamente. No es rendirse. Es quedarse quieto mientras la cabeza sigue trabajando. 
El techo se convierte en una especie de confesionario sin sacerdote. Allí hemos repasado conversaciones, decisiones, amores, errores, injusticias, cosas que dijimos y cosas que debimos decir. Y, sobre todo, hemos pronunciado mentalmente esa frase que todos decimos y nadie escucha: 
“¿Y ahora qué coño hago?” 
Y hay algo precioso en que este artículo ensayo termine ahí. Después de hablar de bondad, límites, discernimiento, culpa, generosidad, equivocaciones... no tenemos una conclusión. 
Tenemos un techo. Y quizá eso sea muy nuestro, muy humano: después de pasarnos la vida intentando encontrar respuestas, acabamos tumbados mirando una superficie blanca, esperando que por algún milagro aparezca, si no una respuesta, al menos alguna objeción. Y lo cierto es que el techo no responde. 
Por eso yo conservaría exactamente:
—Y si no encontramos respuesta...
—Siempre nos queda mirar al techo. 
Creo que este ensayo pide no resolver demasiado pronto la contradicción. Que empiece en la bondad y termine dejándonos delante de nosotros mismos, si es posible con humor, ternura y derrota a partes iguales.

Imagen: pxby

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