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jueves, septiembre 17, 2026

Amar lo distinto: La mayor rebeldía del siglo XXI


Vivimos en un mundo que parece un círculo vicioso de despropósitos. Noticias de guerras, tensiones fronterizas y líderes que levantan muros nos hacen sentir, a menudo, como meros espectadores de un guion que no hemos escrito. ¿Pero, qué nos queda ante este panorama? ¿Cómo mantenemos el carácter y la paz cuando el ruido externo es ensordecedor?

La respuesta no está en los grandes despachos, sino en nuestra propia escala humana.

 

Un mestizaje de experiencias

A lo largo de los años, el deporte —desde la lucha y las artes marciales hasta el golf— ha sido mi universidad particular. He confraternizado con atletas de culturas tan diversas como la rusa, japonesa, americana o cubana. Con unos hacíamos trueque, con otros compartíamos noches interminables o el silencio cómplice. Aprendí algo fundamental: el idioma o la cultura cambian, pero la esencia humana —la necesidad de conectar y de ser respetados— es la misma en todas partes.

 Ese "mestizaje" de vivencias te va curtiendo. Te enseña que, en el fondo, somos diferentes, pero iguales.

 

El arte de la selección

Desde que era niño jugando en la calle, comprendí que no todas las relaciones se basan en la honestidad. La vida me enseñó a desarrollar un radar, un discernimiento que hoy, ya forjado por los años, actúa de forma casi mecánica. 

La lealtad y el carácter no se aprenden en los libros, se forjan en el roce diario. Aprender a elegir bien a quienes nos rodean es la mayor protección para nuestra paz mental. Cuando decides rodearte solo de vínculos sanos y sinceros, el enriquecimiento es mutuo y tu lealtad se vuelve inquebrantable.

 

La rebelión de la empatía

Hoy, cuando veo el panorama internacional —el péndulo constante entre abrirse y cerrarse, entre el miedo y el control—, me doy cuenta de que la mayor rebeldía del siglo XXI es negarse a participar en ese círculo de despropósitos. 

 La verdadera victoria no es ganar una competición ni tener la razón en un debate político. La victoria es mantener a salvo tu "metro cuadrado" de vida. Es escuchar a ese *maestro interior* que te guía a actuar con lealtad y respeto, no por obligación, sino porque ya es parte de tu naturaleza.

 

Conclusión

Al final, todo se resume en un sencillo acto de presencia. Lo que comenzó en la calle como una intuición de niño ha madurado hasta convertirse en una forma de navegar la vida sin esfuerzo. 

 Cuando has forjado tu carácter con el respeto por lo ajeno —por la diferencia de piel, cultura o religión—, actuar bien ya no es una decisión difícil, sino un reflejo natural. En un mundo empeñado en dividir, elegir amar lo distinto no es ingenuidad; es un acto de soberanía. Es la única forma de caminar serenos cuando todo lo demás parece querer arrastrarnos a la guerra.



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viernes, septiembre 04, 2026

“Buen día” frente a “Buenos días”: el pequeño terremoto de un saludo


“Buen día” frente a “Buenos días”: el pequeño terremoto de un saludo

Hay revoluciones que no hacen ruido. No llevan pancartas, no salen en los telediarios, no incendian tertulias ni se hacen eco de tensiones provocados por iniciativas migratorias como es el caso de esas 72.000 personas que cruzaron de manera irregular, entre el 30 y el 31 de julio del presente 2026, la frontera desde Marruecos a España, concretamente a la ciudad de Ceuta y aún hoy -tres de septiembre- continúan en su asentamiento.

No obstante, hoy hablamos de otro tipo de revoluciones. Concretamente de revoluciones domésticas, casi invisibles, que se cuelan en la lengua como quien se cuela en una fiesta: sin invitación, pero con desparpajo.

Una de ellas es esta: cada vez más gente dice “buen día” donde antes casi todos decían “buenos días”.

Puede parecer una tontería, pero en el mundo de las palabras las tonterías suelen ser señales. Y esta, en concreto, apunta a un cambio de sensibilidad, de ritmo y de geografía cultural.

Un saludo que se afina

No obstante, “buenos días” es un saludo clásico, plural, generoso, reparte la bondad en varias unidades de tiempo, como quien ofrece un puñado de fruta para saciar la sed, el hambre o ambas cosas; en cambio, “Buen día”, es más afilado, más directo, más minimalista. Un solo día, pero que sea bueno. Una especie de deseo concentrado en una frase de tan solo dos palabras.

La pregunta es: ¿por qué está creciendo? Y más aún, quién lo ha empujado?

La influencia que cruza océanos

La primera pista viene del otro lado del Atlántico. En muchos países de América Latina, “buen día” es habitual desde hace décadas. Con la globalización cultural —series, música, redes, migraciones— ciertas fórmulas empiezan a viajar sin pasaporte. Se instalan. Se normalizan. Y un día, sin saber cómo, ya están en la barra del bar de tu barrio.

La lengua, lo sabemos bien, es una esponja: absorbe lo que oye.

La economía del lenguaje

Otra fuerza en juego es la tendencia natural a acortar. Vivimos en un mundo donde todo se comprime: los mensajes, los tiempos, las frases. “Buen día” es más rápido, más limpio, más ejecutivo. En los correos y comunicaciones profesionales suena neutro, internacional, casi corporativo. Muchas empresas lo adoptan sin pensarlo, y sus empleados lo replican.

Por otro lado, y lo más significativo, la lengua, además de esponja, es contagiosa.

El efecto imitación

No hace falta un académico para cambiar un saludo. Basta que dos personas en un entorno empiecen a usarlo. Luego tres. Luego cinco. Y de pronto, cuando te das cuenta, tú mismo lo dices sin saber por qué.

Las fórmulas de cortesía funcionan como los memes, ya sabes esas frases para hablar de la vida diaria, el trabajo o la política que se propagan por imitación, antes de boca a oído, hoy por los algoritmos de las Redes Sociales,: Facebook, Tik Tok y tantas otras.

No obstante, ¿qué perdemos? ¿qué ganamos?

“Buenos días” tiene un aire cálido, tradicional, casi doméstico, familiar. Es el saludo de la panadería, del vecino que riega las plantas, del camarero que te conoce. “Buen día” suena más frío, más de pasillo de oficina o de mensaje escrito.

Y no, no es que uno sea mejor que otro: simplemente suenan distinto.

La lengua como sismógrafo

Este pequeño desplazamiento no es casual. La lengua registra movimientos sociales, culturales y afectivos. Cuando cambia un saludo, cambia algo más profundo: la manera en que nos situamos frente al otro, el tono con el que abrimos el día, la música con la que empezamos la conversación.

Quizá por eso resulta difícil precisar quiénes han impulsado esta tendencia y por qué vías se ha difundido.

No obstante, es difícil precisarlo, las revoluciones lingüísticas no tienen líderes, se repiten y resuenan como ecos.

Y tú, lector, qué dices?

¿Eres de “buenos días” o de “buen día”? ¿de plural generoso o de sobrio singular? ¿De tradición o de síntesis?

En todos los casos, sea cual sea tu bando, lo importante es que la lengua siga viva, inquieta, respirando. Que siga bostezando, pero con ganas de despertar.



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lunes, agosto 17, 2026

La poesía no inventa la verdad, la desvela


¿La poesía está de moda o la sociedad busca un nuevo refugio?

La frase inicial ya marca el territorio:

“La poesía no sirve para nada, gracias a dios, pero es indispensable”.

 

Ahí está todo: inutilidad fértil, resistencia, respiración. Lo que llamamos “moda” es, en realidad, un síntoma.

La poesía aparece cuando la sociedad no sabe qué hacer con su propio ruido. Cuando el lenguaje cotidiano se agota, la poesía entra como un ariete.

Pero está claro: cuando algo se vuelve visible, también se vuelve consumible. Y ahí empieza el riesgo:

•  la poesía como decorado

•  como marca personal

•  como estética de sensibilidad

•  como postureo emocional

•  No es que la poesía se esté aburguesando: es la sociedad la que intenta domesticarla para que no duela, para que no duela demasiado.

¿Ha pasado de ser un grito hacia dentro a un grito hacia fuera?

Antes:

La poesía era un cuarto cerrado, un espejo que devolvía sombras, un diálogo con lo que no se podía decir en voz alta.

Ahora:

La poesía se ha convertido en un escaparate, un espacio donde mostrar brillo, ingenio, sensibilidad performativa.

Pero ojo:

No es que la poesía haya cambiado.

Lo que ha cambiado es el lugar donde se pronuncia

 

En redes, el poema deja de ser un acto de introspección para convertirse en:

•  un gesto público

•  un reclamo de identidad

•  un “mírame sentir”

•  un “mírame pensar”

 

Y eso no es malo en sí mismo.

Pero sí plantea una pregunta incómoda:

¿Estamos escribiendo para comprendernos, para ser comprendidos o para ser aprobados?

La poesía, ya sea intimista, simbólica, social, experimental, metafísica... a mi modo de ver, no busca aplauso, busca fractura, eco, desorden, interrogantes, sentido...

Lo que realmente nos preguntamos

(y no lo decimos)

No preguntamos por la poesía en abstracto. Preguntamos por nuestro lugar en este paisaje.

Y la respuesta es clara: personalmente opino que poesía pertenece a la zona donde todavía se siente, donde todavía se arriesga, donde todavía se escribe para localizar una herida y no para exhibirla. Sin voz ornamental. Sin voz complaciente. Sin moda ni modismos ni modales...

Y a pesar de lo dicho, seguimos siendo conscientes, intuimos, sabemos que la voz del poeta es de las que incomodan, tal vez con galantería y ternura, pero incomoda. Sí, la voz del poeta es de las que desordenan con precisión, las que no buscan refugio ni acogida solemne, la voz del poeta solo busca verdad. De alguna manera Poesía es poner delante algo nuevo, La poesía no inventa la verdad, la desvela; de alguna manera, Poesía es poner delante algo nuevo.

Ya puestos en modo reflexión, podemos hacer dos cosas:

1.     Responder críticamente a esta reflexión

2.     Escribir tu propio libro de poesía que encaje con tu propia sensibilidad:

          •          intimista pero no desnuda
          •         simbólica pero no hermética
          •          social pero no panfletaria
          •          experimental sin artificio
          •         metafísica sin solemnidad.

     

Poesía es poner delante algo nuevo.

La poesía no inventa la verdad, la desvela.

Metapoesía es hacer un árbol con un trozo de madera.

 

Tuyo en la Poesía

Alonso de Molina




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