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viernes, septiembre 25, 2026

La historia interminada ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?


la historia interminada

 ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?

Escribo. Juego. Me equivoco. Vuelvo a empezar. Miro el mar. Converso con alguien cercano o alguien que vive lejos.  Y, de vez en cuando, me detengo.

Cierto, en realidad no busco respuestas, soy consciente de que no todas las cuestiones son ponderables ni dignas de tener en cuenta. En el fondo, se trata de preguntas que no buscan replica ni objeción. Solo pretenden acompañarnos.

¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida? es una de ellas. Aparece cuando la rutina se resquebraja, cuando el calendario acumula días que no sabemos dónde colocar, o cuando descubrimos que llevamos demasiado tiempo corriendo sin recordar hacia dónde.

Pero quizá la pregunta esté mal formulada.

Tal vez no estamos haciendo nuestra vida. Tal vez la vida nos está haciendo a nosotros mientras creemos dirigirla.

Nos empeñamos en construir un sentido, como quien levanta una casa sobre un terreno que no conoce. Buscamos objetivos, certezas, respuestas, y olvidamos que también hay una sabiduría en el desconcierto. Porque no saber puede ser, paradójicamente, una forma de estar despierto.

¿Qué hago con mi vida?

Nada extraordinario, quizá.

Camino. Amo. Pierdo. Escribo. Juego. Me equivoco. Vuelvo a empezar. Miro el mar. Persigo un pequeño objeto por un campo irracional y hermoso. Converso con alguien que vive lejos. Y, de vez en cuando, me detengo.

Quizá vivir consista en eso, en no encontrar finalmente una respuesta, sino aprender a habitar dignamente la pregunta.


 

Image 01 by Gerd Altmann 

Image 02 by web 

 


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viernes, septiembre 04, 2026

“Buen día” frente a “Buenos días”: el pequeño terremoto de un saludo


“Buen día” frente a “Buenos días”: el pequeño terremoto de un saludo

Hay revoluciones que no hacen ruido. No llevan pancartas, no salen en los telediarios, no incendian tertulias ni se hacen eco de tensiones provocados por iniciativas migratorias como es el caso de esas 72.000 personas que cruzaron de manera irregular, entre el 30 y el 31 de julio del presente 2026, la frontera desde Marruecos a España, concretamente a la ciudad de Ceuta y aún hoy -tres de septiembre- continúan en su asentamiento.

No obstante, hoy hablamos de otro tipo de revoluciones. Concretamente de revoluciones domésticas, casi invisibles, que se cuelan en la lengua como quien se cuela en una fiesta: sin invitación, pero con desparpajo.

Una de ellas es esta: cada vez más gente dice “buen día” donde antes casi todos decían “buenos días”.

Puede parecer una tontería, pero en el mundo de las palabras las tonterías suelen ser señales. Y esta, en concreto, apunta a un cambio de sensibilidad, de ritmo y de geografía cultural.

Un saludo que se afina

No obstante, “buenos días” es un saludo clásico, plural, generoso, reparte la bondad en varias unidades de tiempo, como quien ofrece un puñado de fruta para saciar la sed, el hambre o ambas cosas; en cambio, “Buen día”, es más afilado, más directo, más minimalista. Un solo día, pero que sea bueno. Una especie de deseo concentrado en una frase de tan solo dos palabras.

La pregunta es: ¿por qué está creciendo? Y más aún, quién lo ha empujado?

La influencia que cruza océanos

La primera pista viene del otro lado del Atlántico. En muchos países de América Latina, “buen día” es habitual desde hace décadas. Con la globalización cultural —series, música, redes, migraciones— ciertas fórmulas empiezan a viajar sin pasaporte. Se instalan. Se normalizan. Y un día, sin saber cómo, ya están en la barra del bar de tu barrio.

La lengua, lo sabemos bien, es una esponja: absorbe lo que oye.

La economía del lenguaje

Otra fuerza en juego es la tendencia natural a acortar. Vivimos en un mundo donde todo se comprime: los mensajes, los tiempos, las frases. “Buen día” es más rápido, más limpio, más ejecutivo. En los correos y comunicaciones profesionales suena neutro, internacional, casi corporativo. Muchas empresas lo adoptan sin pensarlo, y sus empleados lo replican.

Por otro lado, y lo más significativo, la lengua, además de esponja, es contagiosa.

El efecto imitación

No hace falta un académico para cambiar un saludo. Basta que dos personas en un entorno empiecen a usarlo. Luego tres. Luego cinco. Y de pronto, cuando te das cuenta, tú mismo lo dices sin saber por qué.

Las fórmulas de cortesía funcionan como los memes, ya sabes esas frases para hablar de la vida diaria, el trabajo o la política que se propagan por imitación, antes de boca a oído, hoy por los algoritmos de las Redes Sociales,: Facebook, Tik Tok y tantas otras.

No obstante, ¿qué perdemos? ¿qué ganamos?

“Buenos días” tiene un aire cálido, tradicional, casi doméstico, familiar. Es el saludo de la panadería, del vecino que riega las plantas, del camarero que te conoce. “Buen día” suena más frío, más de pasillo de oficina o de mensaje escrito.

Y no, no es que uno sea mejor que otro: simplemente suenan distinto.

La lengua como sismógrafo

Este pequeño desplazamiento no es casual. La lengua registra movimientos sociales, culturales y afectivos. Cuando cambia un saludo, cambia algo más profundo: la manera en que nos situamos frente al otro, el tono con el que abrimos el día, la música con la que empezamos la conversación.

Quizá por eso resulta difícil precisar quiénes han impulsado esta tendencia y por qué vías se ha difundido.

No obstante, es difícil precisarlo, las revoluciones lingüísticas no tienen líderes, se repiten y resuenan como ecos.

Y tú, lector, qué dices?

¿Eres de “buenos días” o de “buen día”? ¿de plural generoso o de sobrio singular? ¿De tradición o de síntesis?

En todos los casos, sea cual sea tu bando, lo importante es que la lengua siga viva, inquieta, respirando. Que siga bostezando, pero con ganas de despertar.



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