Durante años, un montañero recorrió las montañas sin saber que estaba perdido.
No buscaba un refugio, ni una cima, ni siquiera un lugar al que llegar. Caminaba. A veces como quien huye; otras, como quien espera que algo —o alguien— le salga al encuentro. Hasta que un día, en un claro suspendido entre la roca y el silencio, entre lo eterno y lo humano... encontró una casa. Era humilde. Casi invisible. Demasiado cierta para aquel hombre acostumbrado al ruido del mundo. Allí ocurrió algo que no supo explicar. Una voz le habló. No venía de la casa. No venía de la montaña. Quizá ni siquiera venía de fuera. Desde entonces, su manera de caminar cambió. Hay lugares que no aparecen en los mapas. Lugares que no nos esperan para que permanezcamos en ellos, sino para devolvernos algo que creíamos perdido. Él tomó una fotografía antes de continuar su camino. Pero quizá aquella fotografía no fuera para recordar la casa. Quizá fuera para recordar quién era él antes de perderse. Y mientras la montaña permanece en silencio, la casa sigue allí. Esperando. No sabemos a quién.
El montañero perdido que encontró su espacio -link-
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