ENTREGA DE LO QUE YA NO SIRVE
Dejamos aquí lo que pesaba.
Dejamos aquí lo que ya cumplió su
ciclo.
Dejamos aquí lo que no queremos llevar al otro lado.
«El hombre que mueve una montaña comienza llevando pequeñas piedras».
Estoy llanamente de acuerdo con Confucio: piedras y otros sobrepesos. Toda gran transformación nace de un gesto mínimo, insistente y perseverante. El esfuerzo es el verdadero artífice de nuestros logros y nos recuerda que nada —grande o pequeño— sucede como un hecho aislado: todo es suma, acumulación, constancia.Sin embargo, siempre sopesamos nuestras acciones. La magnitud de las metas nos entusiasma y, al mismo tiempo, nos abruma. En ese dilema —tan humano— nos preguntamos si el esfuerzo merece lo que se quiere alcanzar.
No todo llega por azar ni por el simple encadenamiento de los acontecimientos. Hay un punto clave donde reside la fuerza real de nuestras acciones: la inercia.El primer paso es, sin duda, el más difícil. Pero una vez dados unos pocos, la mente persiste, se abre a la posibilidad del logro y, poco a poco, pierde el temor al fracaso. Avanzar afirma.En el fondo, no se trata de cuánto esfuerzo puntual seamos capaces de ejercer, sino de mantener la predisposición: avanzar sin miedo, sostener el gesto, confiar en que el objetivo ha sido medido desde nuestras propias posibilidades —esas que nadie conoce mejor que uno mismo—.
A ese convencimiento hay que sumarle la inercia. La inercia reduce el miedo al fracaso: una vez comenzado, casi todo empieza a rodar. No dejes de mirar la cumbre de la montaña, pero tampoco olvides sentir que es el esfuerzo el que mueve lo que parecía inamovible.
Somos seres capaces de entrega. Cuando la actitud se afirma, la montaña deja de ser un obstáculo y pasa a estar bajo nuestros pies. Entonces el sol parece demorarse en nuestros pasos, el agua rompe su cauce, se vuelve barro y raíz, y todo el paisaje acompaña el viaje.
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