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sábado, enero 03, 2026

¿EN QUÉ CLASE DE INFIERNO ESTAMOS CONVIRTIENDO EL MUNDO?


 Respecto a la noticia del día. No soy de políticas. Y mucho menos simpatizo con los regímenes totalitarios, pero entiendo que hay otras formas de hacer las cosas. Trump se impone, puede que la razón esté de su lado, pero no sé si la forma de actuar en la adecuada en un mundo al borde del precipicio.


¿En qué clase de infierno estamos convirtiendo el mundo?

 

Lo que dicen hoy las noticias sobre Venezuela.

Según varias fuentes de prensa y TV, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que su gobierno llevó a cabo una operación militar a gran escala en Venezuela y que Nicolás Maduro fue capturado y sacado del país.
 
Trump afirmó que Estados Unidos “dirigirá el país hasta que haya una transición adecuada”. 

Algunas figuras políticas han celebrado la acción como un “nuevo día para Venezuela”, mientras que otras la han calificado como un “secuestro” y han advertido sobre la narrativa mediática que puede construirse alrededor de este acontecimiento político militar.

Es decir: hay un hecho central —la operación militar y el apresamiento del presidente anunciada— y luego una ola de interpretaciones, cada una desde su propio marco ideológico.

LA FORMA, NO SOLO EL FONDO
A mi modo de ver, como persona de a pie, lo que está ocurriendo es algo mucho más profundo que la simple noticia. ¿Cómo es posible actuar así en un mundo ya tensionado, frágil y totalmente polarizado…?

Y esta pregunta es una reflexión totalmente introspectiva y creo que muy legítima. No estoy defendiendo a Maduro ni a ningún régimen totalitario. Estoy señalando algo más universal: la preocupación e inquietud por cómo el poder ejerce la fuerza, la supremacía militar, en un momento histórico donde cualquier acontecimiento de este calibre puede incendiar más el panorama global.

Muchas personas nos sentimos consternados entre el miedo, la incertidumbre y, claro que sí, la sospecha cuando una potencia actúa de forma unilateral militarmente en otro país. No porque crean que el régimen venezolano sea o no legítimo, sino porque el método, las formas, importan, sobre todo cuando el mundo ya parece caminar sobre una fina capa de hielo.

AL BORDE DEL PRECIPICIO
Sí, un mundo al borde del precipicio. Las noticias de hoy refuerzan esa sensación de que las decisiones se toman cada vez más rápido, más duro, más sin matices. Y eso genera miedo, ansiedad y vértigo.

Mucha gente siente que, aunque la intención pueda ser “restaurar la democracia” o “proteger derechos”, la forma belicista de actuar puede abrir puertas más que peligrosas como escaladas militares, tensiones internacionales, precedentes difíciles de controlar y narrativas que se imponen en uno y otro sentido sin espacio para la duda y la imprecisión de la incertidumbre.

FUERA DEL TABLERO
Todo lo acontecido en el día de hoy en Venezuela, y no voy a suavizarlo con optimismos vacíos, deja a la líder opositora María Corina Machado, fuera del tablero. El mundo sí, como en una sucesión de incendios incontrolables, camina entre brasas sin saber muy bien, sin certezas de cómo se llegó hasta este punto, un mundo abocado a la impotencia, sin lucidez alguna, y que nos obliga a mirarlo de frente, directamente menguados, impávidos y sin anestesia.

Y no, no estoy pidiendo ni mucho menos ofreciendo un diagnóstico del mundo, del planeta Tierra, sino un reconocimiento de la irracionalidad con la que muchos dirigentes actúan mientras los ciudadanos de a pie solo podemos, con el corazón encogido y la mente fría, reconocer que esto pesa, esto duele, esto no debería ser normal. No, no lo es.

Y esta reacción —esa punzada que nos hace decir “dan ganas de llorar”— es una señal de que las personas de a pie no somos indiferentes al caos orquestado por las altas esferas de los gobiernos. El ciudadano no puede ni debe disimular su sensibilidad ante agresiones gubernamentales y mucho menos ante hechos bélicos, agresivos… celebrar la violencia, no es un acto de resistencia.

Lo que duele es la gente, las historias truncadas, la dignidad golpeada, la sensación de que un país entero ha sido obligado a vivir en modo supervivencia.

Venezuela, hoy es una herida abierta en América Latina. Lo que duele es la gente, las historias truncadas, la dignidad golpeada, la sensación de que un país entero ha sido obligado a persistir para vivir en modo supervivencia.

 Y entiendo ese temblor. Venezuela se ha convertido en un símbolo doloroso de cómo un pueblo entero puede quedar atrapado entre crisis económicas profundas, deterioro institucional, migraciones masivas y una sensación de futuro suspendido. Millones de personas han tenido que marcharse, otras resisten como pueden, y desde fuera uno siente que observa un incendio que no debería existir, pero que nada puede hacer para apagarlo.

lunes, octubre 13, 2025

La paz como forma de sentir, pensar y leer

María Corina Machado. Nobel de la Paz 2025

Personalmente la paz siempre me ha llevado a la acción a través de la palabra, a través de la poesía. He promovido varias antologías poéticas en este sentido, entre otras:

-Instrumentos de Paz

-Camino de Armonía

-Día Internacional de la palabra

 

La paz en el escenario actual

La concesión del Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado ha provocado, en contra previsión del presidente de EEUU Donald Trump un eco internacional intenso.

No solo por su peso político, sino también por su carga simbólica y narrativa.

El Comité Noruego justificó su decisión destacando su “incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano y su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”.

Desde una perspectiva histórica y literaria, este galardón se puede leer como una apuesta por la resistencia civil, por la palabra sostenida en medio del miedo.

Su reacción fue breve, y profundamente humana:

Estoy en shock… esto es un logro para toda la sociedad, yo solo soy una persona”.

Esa frase resuena más allá de la política.

Habla de una paz compartida, construida entre muchos.

No faltaron críticas, claro. Algunos cuestionaron si el Nobel priorizó la política sobre la paz.

Pero incluso ese debate es valioso: nos obliga a preguntarnos qué significa hoy “la paz” y quiénes la encarnan.

 

Redefinir la paz

La palabra “paz” ya no es un concepto fijo.

Hoy es un campo de tensiones, contradicciones y posibilidades éticas.

Vivimos en un mundo atravesado por guerras visibles… y por violencias más sutiles: económicas, ecológicas, simbólicas.

Por eso la paz no puede reducirse a la ausencia de conflicto.

Debemos repensarla como una práctica activa, situada… incluso poética.

Podemos mirarla desde tres ángulos:

1.     Paz como justicia estructural

Ya no basta con tratados o discursos.

La paz exige desmontar sistemas de opresión: racismo, extractivismo[1], patriarcado, colonialismo.

También exige combatir la desinformación y el odio, incluso en el mundo digital.

2.     Paz como proceso, no como estado

No existe una sola paz.

Cada comunidad, cada territorio, la construye a su manera.

La paz no es un acto único: es una constancia viva.

3.     Paz como diálogo radical

Juan Manuel Santos decía: “El arma más poderosa es sentarse a dialogar”.

Pero ese diálogo implica reconocer heridas, asumir responsabilidades y abrirse a la escucha.

No es cómodo. Pero es transformador.


Quiénes encarnan hoy la paz?

En este mapa nuevo, la paz tiene muchos rostros:

•Líderes disidentes y no convencionales, como Machado, Malala o Greta Thunberg.

Ellas representan una paz que incomoda, que desafía estructuras de poder.

No pacifican: interpelan.

•Comunidades invisibilizadas: pueblos indígenas, defensoras del agua, madres buscadoras, periodistas de frontera.

Ellas practican una paz cotidiana, silenciosa, sostenida con el cuerpo.

•Jóvenes y educadores.

Porque sembrar una cultura de paz no es adoctrinar: es enseñar a disentir sin destruir, a convivir con la diferencia.


La paz como práctica crítica y poética, Gandhi lo dijo con meridiana claridad:

No hay caminos para la paz, la paz es el camino.”

No es una meta futura, sino una forma de estar en el mundo ahora.

Nos invita a encarnar la coherencia entre medios y fines, a no postergar la justicia ni condicionar la ternura.

Hoy, cuando tantas luchas se libran “en nombre de la paz” pero con métodos excluyentes o violentos, esta idea cobra fuerza.

Nos recuerda que no basta con desearla: hay que practicarla en cada gesto, en cada palabra… incluso en cada lectura.


Propongo tres dimensiones para pensar esta práctica desde la lectura y la crítica:

1.   Sentir en paz — la crítica como cuidado

Leer un poema no es diseccionarlo. Es acercarse con respeto, como quien escucha algo frágil.

Gloria Fuertes lo expresó así:

“Mi partido es la Paz. Yo soy su líder. No pido votos, pido botas para los descalzos —que todavía hay muchos—”.

La crítica ética puede ser esas botas: protección, acompañamiento, sostén.

2.   Pensar en paz — la filosofía del riesgo

Pensar en paz no es evitar el conflicto, sino asumirlo con honestidad.

Miguel Hernández escribió:

“Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes.”

Nombrar sin herir. Disentir sin aplastar.

Eso también es paz.

3.   Leer en paz — la comunidad como horizonte

Leer en paz es leer con otros, abrir el texto a la multiplicidad de miradas. Rafael Alberti lo intuyó al enumerar:

“Paz para el aire, paz para el viento,

paz para el agua, paz para el fuego”.

La lectura compartida es atmósfera: un espacio donde las palabras respiran.

Incluso poemas íntimos, como el “Ya no” de Idea Vilariño, muestran que la paz también puede habitar el duelo, el silencio, la aceptación:

No me abrazarás nunca

como esa noche nunca.


Y un proverbio africano lo resume con sabiduría circular:

Cuando hay paz en el hogar, hay paz en la comunidad.

Cuando hay paz en la comunidad, hay paz en la nación.

Cuando hay paz en la nación, hay paz en el mundo.”

La crítica, como la paz, empieza en casa.

Y, cómo no, en la propia naturaleza: Lo que es bueno para el panal es bueno para la abeja, lo que es bueno para la abeja es bueno para el panal.


Invitación abierta

Este texto no busca tener la última palabra,

pretende abrir palabras.

Si alguna vez un poema te habló en voz baja,

si alguna vez una lectura te cuidó en lugar de juzgarte,

entonces esta reflexión también es para ti.

La paz como forma de sentir, pensar y leer…
empieza aquí, en este gesto íntimo
de escuchar con atención,

de cuidar la palabra…

y dejarse cuidar por ella.

 

Namasté

 



[1] ESTRACTIVISMO es el modelo económico basado en la explotación intensiva y a gran escala de recursos naturales, como minerales, petróleo, productos agrícolas o forestales. Este modelo se caracteriza por la exportación de las materias primas con un procesamiento mínimo, lo que a menudo genera "economías de enclave" y poca diversificación económica, además de graves conflictos socioambientales y violaciones de derechos humanos.

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Foto: Carlos Díaz, vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY 2.0.


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