Respecto a la noticia del día. No soy de políticas. Y mucho menos simpatizo con los regímenes totalitarios, pero entiendo que hay otras formas de hacer las cosas. Trump se impone, puede que la razón esté de su lado, pero no sé si la forma de actuar en la adecuada en un mundo al borde del precipicio.
¿En qué clase de infierno estamos convirtiendo el mundo?
Lo que dicen hoy las noticias sobre Venezuela. Según varias fuentes de prensa y TV, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que su gobierno llevó a cabo una operación militar a gran escala en Venezuela y que Nicolás Maduro fue capturado y sacado del país. Trump afirmó que Estados Unidos “dirigirá el país hasta que haya una transición adecuada”. Algunas figuras políticas han celebrado la acción como un “nuevo día para Venezuela”, mientras que otras la han calificado como un “secuestro” y han advertido sobre la narrativa mediática que puede construirse alrededor de este acontecimiento político militar. Es decir: hay un hecho central —la operación militar y el apresamiento del presidente anunciada— y luego una ola de interpretaciones, cada una desde su propio marco ideológico. LA FORMA, NO SOLO EL FONDO A mi modo de ver, como persona de a pie, lo que está ocurriendo es algo mucho más profundo que la simple noticia. ¿Cómo es posible actuar así en un mundo ya tensionado, frágil y totalmente polarizado…? Y esta pregunta es una reflexión totalmente introspectiva y creo que muy legítima. No estoy defendiendo a Maduro ni a ningún régimen totalitario. Estoy señalando algo más universal: la preocupación e inquietud por cómo el poder ejerce la fuerza, la supremacía militar, en un momento histórico donde cualquier acontecimiento de este calibre puede incendiar más el panorama global. Muchas personas nos sentimos consternados entre el miedo, la incertidumbre y, claro que sí, la sospecha cuando una potencia actúa de forma unilateral militarmente en otro país. No porque crean que el régimen venezolano sea o no legítimo, sino porque el método, las formas, importan, sobre todo cuando el mundo ya parece caminar sobre una fina capa de hielo. AL BORDE DEL PRECIPICIO Sí, un mundo al borde del precipicio. Las noticias de hoy refuerzan esa sensación de que las decisiones se toman cada vez más rápido, más duro, más sin matices. Y eso genera miedo, ansiedad y vértigo. Mucha gente siente que, aunque la intención pueda ser “restaurar la democracia” o “proteger derechos”, la forma belicista de actuar puede abrir puertas más que peligrosas como escaladas militares, tensiones internacionales, precedentes difíciles de controlar y narrativas que se imponen en uno y otro sentido sin espacio para la duda y la imprecisión de la incertidumbre. FUERA DEL TABLERO Todo lo acontecido en el día de hoy en Venezuela, y no voy a suavizarlo con optimismos vacíos, deja a la líder opositora María Corina Machado, fuera del tablero. El mundo sí, como en una sucesión de incendios incontrolables, camina entre brasas sin saber muy bien, sin certezas de cómo se llegó hasta este punto, un mundo abocado a la impotencia, sin lucidez alguna, y que nos obliga a mirarlo de frente, directamente menguados, impávidos y sin anestesia. Y no, no estoy pidiendo ni mucho menos ofreciendo un diagnóstico del mundo, del planeta Tierra, sino un reconocimiento de la irracionalidad con la que muchos dirigentes actúan mientras los ciudadanos de a pie solo podemos, con el corazón encogido y la mente fría, reconocer que esto pesa, esto duele, esto no debería ser normal. No, no lo es. Y esta reacción —esa punzada que nos hace decir “dan ganas de llorar”— es una señal de que las personas de a pie no somos indiferentes al caos orquestado por las altas esferas de los gobiernos. El ciudadano no puede ni debe disimular su sensibilidad ante agresiones gubernamentales y mucho menos ante hechos bélicos, agresivos… celebrar la violencia, no es un acto de resistencia. Lo que duele es la gente, las historias truncadas, la dignidad golpeada, la sensación de que un país entero ha sido obligado a vivir en modo supervivencia. Venezuela, hoy es una herida abierta en América Latina. Lo que duele es la gente, las historias truncadas, la dignidad golpeada, la sensación de que un país entero ha sido obligado a persistir para vivir en modo supervivencia. Y entiendo ese temblor. Venezuela se ha convertido en un símbolo doloroso de cómo un pueblo entero puede quedar atrapado entre crisis económicas profundas, deterioro institucional, migraciones masivas y una sensación de futuro suspendido. Millones de personas han tenido que marcharse, otras resisten como pueden, y desde fuera uno siente que observa un incendio que no debería existir, pero que nada puede hacer para apagarlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por tu lectura y comentario. Recuerda: La ficción que escribes es tan solo la mitad de la verdad.
Tuyo en la poesía,
Alonso de Molina