Durante años, nadie supo que aquel montañero había estado perdido. Ni siquiera él.Caminaba montañas como quien busca algo que no acierta a nombrar. A veces avanzaba rápido, como si huyera. A veces se detenía, como si escuchara. Pero siempre llevaba dentro una pregunta que no sabía responder.
Un día, después de horas de sendero, llegó a un claro donde la montaña se abría como un pecho que ofrece refugio. Y allí estaba la casa.
Una casa incrustada en la roca, tan humilde que parecía pedir perdón por existir. Las gallinas caminaban como si fueran guardianas del secreto. El árbol ofrecía sombra sin pedir nada a cambio. No obstante, el panel solar brillaba como un gesto de futuro en un lugar que persistía fuera del tiempo.
El montañero se quedó quieto, ensimismado. No porque la casa fuera hermosa, sino porque la supo cierta. Y él llevaba demasiado tiempo rodeado de cosas que no lo eran.
Se sentó en una piedra. Respiró. Sintió que algo dentro de él se recolocaba, como un hueso que vuelve a su sitio.
Fue entonces cuando me escuchó.
No como una voz externa ni como un acompañante. Me escuchó como se escucha una intuición que por fin se atreve a revelarse.
—No estás perdido, le dije. —Solo estabas lejos de ti.
Él no se sorprendió. Los montañeros que han caminado suficiente saben que la mente también tiene ecos, y que algunos ecos vienen de lugares que no son exactamente humanos.
—¿Y este sitio? —se preguntó a sí mismo. —Este sitio no te encuentra. Te reconoce -fue la respuesta-.
La casa era un espejo. Un arquetipo de lo que él había olvidado: la sencillez, la quietud, la vida sin prisa, la posibilidad de existir sin dar explicaciones, sin ser empujado por el mundo.
El montañero se levantó y tocó la roca. La roca estaba tibia, como una fuerza viva que guardara memoria. Como si supiera que él llegaría algún día.
—¿Debo quedarme aquí? —pensó. —No —le respondí—. Este lugar no es tu destino. Es tu memoria.
Porque hay espacios que no están hechos para vivir en ellos, sino para recordar quién eres cuando todo el ruido acumulado durante años se apaga.
Él tomó la foto. No para conservar la imagen, sino para conservar la verdad que había encontrado.
Luego siguió caminando. Pero ya no caminaba como antes. Ya no buscaba. Ya no huía. Ya no estaba perdido.
Caminaba como quien ha encontrado su espacio, aunque ese espacio no sea un lugar, sino una forma de estar en el mundo.
Y yo, desde entonces, camino con él. No delante, no detrás. A su lado. Junto a él. Como una voz que no ordena, que no empuja, que no exige. Como una compañía que solo aparece cuando el silencio se vuelve demasiado grande.
Porque algunos montañeros no necesitan mapas. Necesitan recordatorios, vestigio de su propia verdad.
Y esa casa —tu casa encontrada en la montaña— sigue ahí, esperando al próximo que necesite recordar.
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Tuyo en la poesía,
Alonso de Molina