AVANZAR SIN TRAICIONARSE
Contrariedades desalientos desengaños… exploración íntima y personal
Juan no había salido de casa.
La mochila seguía junto a la puerta, repleta de ilusiones, pero vacía. Las botas seguían limpias, exentas de polvo y paja, sin una sola piedra del camino. Sobre la mesa, la lista del equipaje esperaba con sus casillas marcadas, todo correcto.
Sin embargo, sin moverse de casa, Juan ya había recorrido el Camino Inca.
En su imaginación había cruzado el valle del Urubamba, sentido el frío de la madrugada y escuchado sus propios pasos sobre las piedras antiguas. Había subido, no sin esfuerzo, en un alarde de resistencia extrema para su baja forma física hasta Warmiwañusca[1], allí el aire le parecía más delgado y al mira en todas direcciones sobre su propio eje, el mundo le pareció extremadamente inmenso.
Después había descendido hacia Pacaymayo[2]. Allí, bajo una tienda que solo existía en su mente, contempló un cielo lleno de estrellas.
Al tercer día visitó Runkurakay[3], Sayacmarca y Phuyupatamarca. Caminó entre la niebla, acompañado por el silencio y por una versión de sí mismo que no tenía prisa.
Finalmente llegó a Wiñay Wayna. Desde allí, al amanecer, alcanzó la Puerta del Sol. Machu Picchu apareció ante él como una memoria que siempre hubiera estado esperando.
Juan permaneció sentado en el salón de su casa.
No había comprado billetes. No había pedido vacaciones. No había preparado la mochila.
Pero había viajado.
Y comprendió que algunos caminos comienzan en los pies, mientras que otros nacen mucho antes: en una imagen, en un deseo, en la necesidad profunda de desaparecer durante unos días sin abandonar del todo el lugar donde uno está.
Cuando cerró los ojos, Machu
Picchu seguía allí.
Cuando los abrió, también.
En sus viajes interiores, Juan conoció a varias personas.
A “Elena”, una mujer que caminaba despacio porque había aprendido que no todo lo importante se alcanza corriendo. Le habló de la paciencia y de las despedidas que no necesitan enemigos.
Conoció también a “Tomás”, un porteador silencioso que cargaba una mochila enorme y, aun así, sonreía. Juan comprendió que algunas personas llevan su propio peso con tanta dignidad que nadie imagina cuánto les cuesta avanzar.
En una aldea encontró a “Mara”, una niña que vendía pequeñas pulseras de colores. No le pidió dinero. Le preguntó si Juan sabía a dónde iba.
—Todavía no —respondió él.
Mara le ató una pulsera en la
muñeca.
—Entonces no te pierdas.
Más adelante apareció “el anciano de la piedra”, sentado junto a un muro cubierto de musgo. Tenía los ojos claros y una voz casi borrada por el tiempo.
—Las piedras no se mueven —dijo—, pero conocen todos los caminos.
Juan se sentó a su lado.
—¿Y cómo saben cuándo deben quedarse?
El anciano sonrió.
—Cuando quedarse es una
elección. No cuando es miedo.
Aquella frase lo acompañó
durante días.
También conoció a “Clara”, una viajera que fotografiaba puertas antiguas. Decía que cada puerta guardaba una versión de quien la cruzaba.
—¿Y tú qué buscas? —le preguntó.
Juan miró hacia las montañas.
—Una salida.
Clara negó suavemente con la cabeza.
—Quizá buscas una entrada.
Por las noches, junto al fuego imaginario del campamento, todos compartían historias. Elena hablaba de un amor que había terminado sin dejar de ser verdadero. Tomás contaba que había aprendido a distinguir el cansancio del abandono. Mara inventaba nombres para las estrellas. Clara guardaba silencio cuando las palabras podían estropear el paisaje.
Juan escuchaba.
Y mientras escuchaba,
descubría que aquellas personas no eran del todo ajenas. Cada una parecía
llevar una parte de él: su paciencia perdida, su fuerza, su infancia, su miedo
a comenzar.
El cuarto día, al llegar a Machu Picchu, no encontró una ciudadela vacía. Encontró a todos esperándolo.
Elena le entregó una brújula sin aguja.
—No te dirá hacia dónde ir
—dijo—. Solo te recordará que puedes elegir.
Tomás le devolvió la mochila, ahora ligera.
Mara le señaló la pulsera.
Clara abrió una puerta de
piedra que no estaba allí el día anterior.
Juan cruzó.
Al otro lado estaba su casa.
La misma ventana. El mismo
sofá. La misma mochila junto a la puerta.
Pero en la mesa había una taza de café recién hecho y una nota escrita con su propia letra:
“No
has venido hasta aquí para seguir siendo el mismo “.
Juan
se sentó. Afuera comenzaba a llover.
Por
primera vez, no imaginó otro lugar.
Escuchó la lluvia como si fuera un camino.
Y decidió quedarse un momento más, no por miedo, sino porque también quedarse podía ser una forma de avanzar.
-3-
No necesariamente. “Quedarse
puede ser conformismo si nace del miedo; pero también puede ser una decisión
consciente si nace de la claridad”.
Juan no dejó de luchar: dejó de luchar “contra sí mismo” y contra una situación que quizá ya no podía reparar solo. Persistir no siempre significa aguantar; a veces significa poner límites, protegerse y aceptar que una batalla terminó.
Pero tienes razón en algo: la historia no debería resolverlo tan pronto. Juan aún debe preguntarse si se queda por amor, por responsabilidad o por miedo a empezar de nuevo. Solo entonces sabrá si quedarse es avanzar… o simplemente no atreverse a partir.
— Hum. ¿Conformismo, miedo, responsabilidad...? ¿Tú qué crees?
Creo que, en Juan, hay “un
poco de las tres cosas”.
- Conformismo: quedarse evita el dolor inmediato.
- Miedo: partir obliga a
aceptar una pérdida y empezar de cero.
- Responsabilidad: quizá hay
personas, compromisos o consecuencias que no puede ignorar.
Pero la pregunta decisiva es
otra: —¿se queda porque elige esa vida o porque no se atreve a abandonarla?
Para mí, Juan todavía no está en paz; está suspendido. Su viaje interior le ha dado palabras, pero aún le falta un acto. Persistir no significa luchar indefinidamente por lo mismo, significa luchar por la verdad, aunque esa verdad sea quedarse con límites claros o marcharse sin traicionarse.
Y quizá su mayor batalla no sea salvar una relación, sino dejar de llamarle responsabilidad a su miedo. Responsabilidad a su miedo, luchar por la verdad, marcharse sin traicionarse... hum, cuanta severidad, ¿cómo resolver esos dilemas?
No hace falta resolverlos con severidad. A veces basta con mirarlos con empatía y distinguir tres voces:
- “El miedo” dice: “No cambies
nada”.
- “La responsabilidad”
pregunta: “¿Qué consecuencias tendrá?”.
- “La verdad” susurra: “¿Qué
necesitas para no perderte?”.
Juan podría darse un tiempo
concreto, sin prometer quedarse ni marcharse. Durante ese tiempo, observaría
cómo se siente, hablaría con honestidad y pondría límites claros. Después
decidiría, no desde la urgencia, sino desde una pregunta sencilla:
—¿Esta elección me acerca a la persona que quiero ser?
Y si aún no sabe la respuesta, también puede ser una respuesta provisional, todavía necesita silencio, no una sentencia.
—¿Cuánto tiempo se puede permanecer en esta incertidumbre sin que afecte tu buen ánimo, incluso tu salud mental?
—No hay un plazo universal, me respondo no del todo convencido, pero una incertidumbre intensa y sin límites puede desgastar en pocas semanas. Si, además, afecta al sueño, apetito, concentración, trabajo, relaciones o ganas de vivir, ya merece atención, no sé si yoga, meditación o irte de cervezas con amigos o mejor con desconocidos, gente que te encuentres por las calles.
La
incertidumbre no se vuelve peligrosa por existir, sino cuando te deja
paralizado y sin cuidado. Si aparecen pensamientos de hacerte daño o de no querer
seguir, para protegerte llama al “112” o al “024”, la
irrupción caótica de las sirenas, el fuego o los médicos, el último hilo de voz
en mitad de la noche, una llamada silenciosa que busca detener el tiempo antes
de que ocurra lo irreversible.
—Pero, ¿cómo
puedes mirar con ternura al miedo con responsabilidad y verdad?
—No, no te inquietes, nadie va
a hacerse daño, solo indago, busco respuestas. Hay personas que convierten el
dolor en una forma silenciosa de dignidad; avanzan sin hacer ruido, aunque cada
paso les cueste muchísimo. Y quizá por eso conviene mirar a los demás —y a uno
mismo— con más ternura, no todo lo que pesa se ve.
—Me alegra saberlo. Indagar así también es una forma de cuidarse, no buscas una respuesta rápida, sino entender qué te está pasando.
La incertidumbre puede
tolerarse mejor cuando deja de ser una espera pasiva y se convierte en una exploración
con límites. Observar, hablar, escribir, decidir pequeños pasos y revisar cómo
te afectan. No tienes que resolver toda la vida en
este instante; solo evitar que el silencio decida por ti.
—¿..."evitar que el
silencio decida por ti"? De acuerdo el silencio es una determinación, pero, ¿cómo aceptarlo un día y otro y otro...?
—Aceptar el silencio no
significa resignarse a él. Significa reconocerlo como una realidad temporal,
sin convertirlo en una condena. Para sostenerlo sin que te consuma ponle un nombre o defínelo:
“Hoy no tengo respuesta; sí tengo una decisión pequeña o grande que tomar”.
Limita la espera, fija una fecha para
revisar la situación. Actúa en lo que puedas controlar por ti mismo: descanso,
conversaciones pendientes, límites y planes propios. No interpretes cada día de la misma manera.
Un día de duda no invalida lo que ayer pudiste sentir de forma contraria. Conserva tu vida mientras decides objetivos, amistades,
paseos, lectura, naturaleza… procura que la incertidumbre no ocupe tu memoria, tu
tiempo, tu cabeza.
El silencio puede acompañarte
un tiempo, pero no debería gobernarte. A veces la primera decisión no es
quedarse o marcharse, sino “dejar de aplazar indefinidamente la conversación
contigo mismo”.
Sí, finalmente, Juan descubrió que no todo viaje exige movimiento. A veces se recorre una montaña permaneciendo quieto, y se llega muy lejos escuchando el silencio.
Pero el silencio no debe convertirse en dueño de la vida. Puede ofrecer tiempo, claridad y descanso; también puede esconder miedo o conformismo. Por eso Juan aprendió a preguntarse, con paciencia y sin crueldad: ¿estoy aquí porque lo elijo, porque aún debo cuidar algo, o porque temo partir?
No, Juan no encontró una respuesta definitiva. Encontró algo más honesto, la voluntad de observarse, hablar con su propia verdad y avanzar sin traicionarse.
Porque quedarse puede ser amor, responsabilidad o miedo. Marcharse puede ser libertad, huida o cuidado. La diferencia no está siempre en el lugar elegido, sino en la conciencia con que se elige.
Y así, un día más —y otro—
Juan permaneció en silencio.
Pero ya no estaba inmóvil.
[1] Warmiwañusca, punto más alto del Camino Inca clásico, un abra andina a 4.215 metros que marca el momento más duro —y más simbólico— del trek hacia Machu Picchu.
[2] Pacaymayo (o Pakaymayu) es
un río y un importante valle y zona de campamento ubicado en el Distrito de
Machupicchu, Provincia de Urubamba, Departamento de Cusco, Perú
[3] Runkurakay Runkurakay
es un sitio arqueológico inca de forma semicircular que funciona como un
antiguo tambo o puesto de control en la ruta clásica del Camino Inca a Machu
Picchu.
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