Hay algo en La Posesión del Ágata que hace difícil leerlo con distancia: es un libro que exige presencia.Alonso de Molina no describe el Cabo de Gata, lo habita desde adentro. Sus poemas nacen de esa tensión entre la tierra volcánica —dura, áspera, casi hostil— y la ternura con que el autor la recuerda desde la infancia.
La piedra ágata no es solo un símbolo: es casi un personaje, una materia que condensa todo lo que la tierra guarda y que el ser humano ansía poseer sin nunca poder hacerlo del todo.Lo que más llama la atención es su tono: ni grandilocuente ni hermético. Habla en susurro, como quien comparte algo íntimo al oído.
Hay hambre, hay trabajo, hay familia y hay paisaje marino entrelazados de tal manera que resulta difícil separar la geografía de la emoción.Es poesía que no pide ser analizada, sino sentida.
Como el propio autor sugiere: cada lector encontrará en ella su propia herida o su propio consuelo.Un libro breve, pero con el peso de la piedra que le da nombre.
J. Amable
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Tuyo en la poesía,
Alonso de Molina