La poesía no compite con la razón lógica. No describe el mundo, lo presiente. No demuestra, sino que revela. Y así quiero entenderla como esa capacidad única de anticipar lo auténtico, las verdades profundas que suelen escapar a la lógica. Quiero entenderla como un puente entre el arte y la razón, donde las emociones y la creatividad revelan significados a veces ocultos. De alguna manera, la poesía es anticipación sensible de lo real y auténtico, quiero decir: conocimiento inquieto, emocionado, de aquello que sólo puede ser aprehendido por medio de esa otra razón fundada por el arte.
La poesía, insisto, no compite con la razón lógica y así quiero entenderla. Efectivamente, este concepto late con una intuición que hemos rozado muchas veces en nuestras propias reflexiones: la poesía como un modo de conocimiento que no compite con la razón lógica, sino que, en todo caso, la desborda. No describe el mundo, lo presiente. No demuestra, sino que revela. Y lo hace desde un tipo de sensibilidad que no es sentimentalismo, sino una forma de inteligencia silenciosa, sin alardes, donde la poesía no es solo un adorno, sino una herramienta de descubrimiento.
COMPRENDER EL MISTERIO DE LA NATURALEZA HUMANA
De alguna manera la poesía se adelanta a la realidad. A menudo, el lenguaje cotidiano está “gestado” por el uso técnico o funcional. El poeta, al romper las estructuras lógicas normales, logra rozar verdades que la ciencia o el lenguaje común aún no han nombrado. Probablemente es como si el poema fuera un mapa emocional de algo que todavía no hemos terminado de entender del todo. La lógica de la poesía es subjetiva, de ninguna manera pretende la razón y mucho menos medir nada o controlarlo todo. Pero sí pretende comprender el misterio y lo inexplicable de la naturaleza humana.
Hay dimensiones de la existencia que no pueden ser explicadas ni concebidas como fórmula matemática (el asombro, el duelo o la grandiosidad), y aquí es donde presiento que la poesía funciona como un "órgano de percepción". Sin ella, seríamos ciegos a ciertas capas de la realidad que simplemente no se dejan atrapar por el método científico.
La poesía no inventa la verdad, la desvela. Personalmente la entiendo como puente entre el arte y la razón, donde las emociones y la creatividad revelan significados ocultos. Significados ocultos que de alguna manera sitúa a la poesía en el lugar de la conciliación. A menudo nos enseñan que el corazón y la cabeza van por caminos distintos, pero, el título de este artículo, lo que plantea y sugiere es que el arte es el lenguaje que permite que ambos, arte y razón, se comuniquen para descifrar lo que está “oculto”.
Al ver la poesía como ese puente entre arte y razón, se pueden destacar tres funciones reveladoras:
La emoción como sensor: En lugar de ver la emoción como algo que nubla el juicio, aquí funciona como un radar. Siente que hay "algo" más allá de la superficie y la creatividad le da la forma necesaria para que la razón pueda, por fin, procesarlo.
El significado oculto (lo inefable): Hay verdades humanas que son paradójicas (como amar y odiar al mismo tiempo, o sentir soledad en medio de una multitud). La lógica formal sufre con las contradicciones, pero la poesía las abraza y, al hacerlo, revela un significado que es más fiel a la realidad que una definición de diccionario.
La creación como descubrimiento: Lo llamativo de este planteamiento es que la creatividad no "inventa" de la nada, sino que "revela". El poeta no fabrica la verdad, sino que quita el velo a una realidad que ya estaba ahí, pero que no sabíamos cómo mirar.
Es, en esencia, una epistemología del sentimiento. No solo sentimos por sentir, sino que sentimos para conocer.
Indudablemente, “revelación de significados ocultos” es algo que ocurre de forma instantánea al leer o escribir un poema, de alguna manera bien pudiera ser un proceso que requiere que la propia razón "trabaje" la emoción después del impacto inicial.
Personalmente lo concibo como un proceso que requiere sentir y razonar. Un diálogo constante donde el sentimiento pone la materia prima (la intuición, el asombro) y la razón pone la estructura para que ese asombro no se disipe.
Si solo nos quedáramos en el “sentir”, la experiencia sería una explosión emocional, quizás abrumadora, pero difícil de integrar o comunicar. Tal vez sería un puro caos.
Si solo nos quedáramos en el “razonar”, convertiríamos la experiencia en un concepto frío, en un estudio de laboratorio que acabaría matando lo que intenta estudiar.
Al unir ambos procesos, ocurre algo fascinante:
-El sentimiento guía a la razón: Le dice hacia dónde mirar, qué es lo que realmente importa en medio del ruido cotidiano.
-La razón le da estabilidad al sentimiento: Al buscar las palabras precisas, la métrica o el ritmo, la razón “afirma” la emoción. La convierte en algo que podemos visitar una y otra vez.
Es lo que algunos han dado por llamar “inteligencia emocional” llevada a la metafísica. De alguna manera, no es solo entender lo que siento para “estar bien”, sino aplicar lo que siento para entender qué es el mundo.
En ese sentido, el poema (o la obra de arte) no es el final del proceso, sino el lugar donde esa unión entre sentir y razonar se materializa.
¿Al final de ese proceso, lo que se descubre es algo sobre el mundo exterior, o es más bien un descubrimiento sobre uno mismo? Personalmente, lo entiendo como un descubrimiento del mundo exterior desde una perspectiva intrínseca, personal e íntima.
De alguna manera, lo que me gusta de esta exteriorización, este desvelamiento de la poesía, es la idea de que devuelve a la poesía su función originaria: no es un adorno ni un lujo, sino un instrumento de conocimiento. Un modo de pensar que piensa con el cuerpo, con la memoria, con la imaginación, con la herida y con la esperanza.
Personalmente, tal como ya he mencionado, insisto en la poesía como puente entre el arte y la razón, donde las emociones y la creatividad revelan significados ocultos.
Namaste
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Tuyo en la poesía,
Alonso de Molina