domingo, enero 08, 2023

Sin latidos de nieve en nuestros pulsos (Poema para un cumpleaños más)


Sin latidos de nieve en nuestros pulsos
(Poema para un cumpleaños más)




Memoria y piedra. Del corazón, la mina.
En sus cimientos vibra el oro que no vemos.

No es leve esta sangre de tierra,
esta madera ciega como un alud de aire
contra el viento, la ciega frontera entre la luz
y la sombra, la espora lastimada día tras día,
deshecha como el hielo entre las brasas.

Una ventana, a este lado de la casa,
enciende el habitáculo interior donde el hambre
en su llamada resplandece.

Y el hombre acalla su instinto como si fuera él
la frontera entre estar vivo o muerto.

Hemos subido raudos. Las prisas no son buenas.
Pero seguimos corriendo hasta encallar la luz
que va doblando mis ojos, encubriendo el temblor
de las hojas sometidas al destino.

Hoy vuelvo a ser materia que impacta en el vacío,
pero seguimos solos y la burbuja crece
invadiendo escenarios y tiempos solapados
con el franco deseo de encendernos, ser libres
y apagar nuestras voces cuando esté todo dicho.

De qué sirven las brasas
cuando la nieve enciende el frío
y no se duerme el niño ni se despierta el hombre,
dormido como un pájaro aterido de frío.

Cuando cumplí los años justos para quedarme quieto,
vine a este lugar, sin pan ni aceite, pero con mucho sol
y horas en letargo calentando la yerba ajena a las horas
y, si acaso, algún labio de mar me entregara algún beso,
ni apagaría mi sed el agua ni anclaría mis raíces
ni en gritos sin palabras ni en palabras sin gritos.

Encendería, sí, la ávida memoria
de aquel jazmín en flor que encalló en nuestras manos
como parte del beso que a veces esquivamos.

No es un decir, la tierra sigue siendo redonda
y en su extensión el mar, a veces, tan vacío
como el abrazo incierto donde a veces me miro.

Podría ser que la lluvia lamiera nuestros ojos
y hundidos en la niebla todo nos pareciera
noche, donde calles, estaciones y pájaros
serían el cantar sin alma
de tantas primaveras enmohecidas.

Habría que pretender el oro,
temblar en cada rama con gestos incendiarios
que preñaran las hojas de latidos y besos
y salvar el naufragio de tantas horas y días a la deriva.

Es tarde ya. No podemos seguir sentados
viendo crecer la nieve que escarcha nuestros huesos
y enmudece las calles que nos hablan de aliento.

Hay que encender la sangre,
dejar latir los labios y renacernos juntos
sin latidos de nieve en nuestros pulsos.




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Alonso de Molina

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