jueves, enero 09, 2020

Poema para mi cumpleaños



Al poco de conocerme me reflejé en mi rostro. Quiero decir, me inventé a mi antojo. Mi mundo es un espacio cerrado en el que yo soy el dios (demiurgo menor, diría Platón) y reinvento lo creado en mi forma y medida. *

Nací en un mes de enero parecido a este donde el frío bajaba hasta el color de la esperanza, nací puro, supongo, como una almendra fresca que florece en la hierba. Después fui parte del paisaje azul donde el cielo y el mar reafirman sus colores mezclándolos con blancos y suaves calamochas. En aquel tiempo mi espalda soportaba los lunares y mis manos se asían a las tapias para trepar por ellas en busca de cualquier altura.
Pronto mi corazón empezó a sentir hambre, fui hurgando por los filos de la nada mientras el tiempo era un torrente que buscaba mis cejas, y brillaban mis ojos mirando al infinito. Pero no supe ver entonces los cimientos del vértigo. Me crecieron cabellos y apetitos en aquella ciudad de huesos retorcidos donde yo hurgaba el corazón del hombre buscando espejos donde afianzar mi destino, pero yacían los pájaros que inclinaban su aliento confiados en el devenir de los días. Me advirtieron, de buena fe, que no me dejara crecer las alas, que los pies deben caminar en línea recta y que el ADN de mi sangre debería apoyarse en acatamiento y mansedumbre.
Transitados los años, muchos años, creí entender que podría aliviarme añorando el pasado, pero hoy sé que el hombre es carne y olvido. Que con alas de cera no se puede cruzar el fuego y que son los espejos los que deben mirar hacia adentro; por eso me consuelo al pensar que en los últimos años por todo oficio busco sentarme frente al fuego, encender unas velas y beberme la savia y la memoria y otra vez renacerme al mundo.
El fuego es un oficio honesto, una forma directa de hacerme preguntas sencillas de difícil respuesta: –estoy orgulloso de mi? –qué he aprendido en estos años? –a quien tendría que pedir perdón? –a quién tendría que perdonar yo?
Pero sigo teniendo sed. Y tengo miedo de que el cielo siga enfermo bajando sobre mí y se asfixien las fuentes de luz que pueblan mi cabeza. Ya no se oyen los ecos silbando en la montaña. Ya no se ven los claros de luna allende el horizonte. Ya no descifro más enigmas. Pues algo así como un vendedor de promesas es lo que soy. Tan solo un vendedor con la mirada puesta en las hogueras esperando un incendio antes de urdir la senda que me hará caminar desnudo entre las aguas.
Hoy que la música podría ser cantada en todos los idiomas, caigo en la cuenta de que no soy nada, de que nunca fui nada y de que mucho menos podré llegar a ser nada. En el fondo yo soy la NADA.
Entiendo que la lluvia siga cayendo indiferente sobre mi cabeza.


 *Intro a Capítulo X LHMDLL del mismo autor
.La insaciable verdad de la verdad. Fragmento.
.Imagen by Libertad G. Tocado masculino de Maria De Gador Villegas Villegas


Reseña: Javier Amable
El poema es una reflexión sobre la vida y el paso del tiempo. Se presenta como un relato introspectivo del autor sobre su propia vida y su relación con el mundo. El autor describe su nacimiento y juventud como un período de inocencia y exploración, pero más adelante reconocer que el tiempo pasa rápido y que la vida es frágil. El poeta se cuestiona sobre su propia existencia y la de los demás, buscando respuestas a través de la contemplación de su propia vida. A medida que ve pasar el tiempo, busca respuestas a preguntas profundas y se enfrenta a la idea de que su vida podría no tener un propósito o significado definido. La metáfora del fuego es utilizada para explorar estas preguntas y para encontrar consuelo en medio de la incertidumbre. Al final, el autor acepta la realidad de su existencia efímera y la aparente indiferencia del mundo hacia los demás. El poema podría ser una meditación sobre la vida y la muerte, el pasado y el presente, la esperanza y el miedo.



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Alonso de Molina