Cada mañana ella iba detrás de la casa, se sentaba en una silla medio rota, sacaba un rosario del bolsillo y rezaba.
Un día la seguí, solo por curiosidad. No podía ser que su rutina consistiera en ir hasta allí a rezar.
La observé durante días, quizá semanas. Nada cambiaba.
Estaba a punto de desistir cuando hizo un gesto exagerado con el brazo: lo levantó con brusquedad y se lo llevó a la boca.
—¿Qué haces?
—Nada —dijo, cerrando la mano.
—Lo vi, ¿sabes? —Y mirándome con cierta altanería.
—¿Para qué preguntas?
Y se llevó el bocadillo a la boca.
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Tuyo en la poesía,
Alonso de Molina